

Nací en Australia, hijo y nieto de esa generación de españoles que tuvo que abandonar la “patria” para sobrevivirla. Porque el franquismo no solo expulsó gente: exportó vidas. Se quedó con el país y mandó al resto al mundo, como quien barre el suelo y tira el polvo a la calle.
Mi infancia no fue un anuncio de cereales con jardín vallado: fue trópico, plantaciones y supervivencia cotidiana sin épica barata. Nací entre tabaco, mangos y caña de azúcar, y aprendí pronto que la naturaleza no negocia. Que un taipan no entiende de buenas intenciones. Que un cocodrilo de agua salada no respeta horarios. Y que, a veces, sobrevivir era literalmente ir por la vida “haciendo la grulla como Karate Kid” para espantar serpientes del camino y seguir como si nada.
En la dry season, lo normal era levantarte y encontrarte el jardín tomado por tropas de canguros, como si el día empezara con un episodio de aventura mal pagada. En la wet season, lo normal era atrincherarse: monzones, tormentas tropicales, ciclones, y esa escena doméstica de convertir la casa en fortaleza para que no entrara toda la fauna huyendo del agua. Australia era eso: belleza y amenaza en el mismo plano, sin música de fondo.
Y aun así, fuimos unos afortunados. Los que crecimos en los 80 tuvimos el mejor puente posible: calle, rodillas peladas y bicis en asfalto… y, a la vez, las primeras consolas apareciendo como ciencia ficción doméstica. Sin el teatro permanente de hoy, sin padres entrando en pánico por cada rasguño, sin convertir la infancia en un expediente con psicólogos, diagnósticos y tres reuniones por trimestre para confirmar que el niño sigue siendo un niño.
A nosotros nos educaron más Los Goonies y Stand by Me que un gabinete entero: amistad, miedo, aventura, pérdida, y esa certeza simple de que crecer dolía, pero se hacía en pandilla, no en una sala blanca con pósters motivacionales. Éramos más salvajes y, por eso mismo, quizá más libres. No mejores. Solo menos domesticados.
Luego vino la pedagogía mediática, esa que te educa a base de pánico. Yo era un crío cuando explotó Chernóbil y, estando a medio planeta, la televisión consiguió que pareciera que el Apocalipsis se acababa de mudar al barrio. Tenía ocho años y ya estaba viendo el primer gran espectáculo moderno: sobreactuación, desinformación, propaganda. Un ensayo general de lo que vendría después: el ruido como forma de gobierno.
Crecí en los últimos coletazos de la Guerra Fría, en un país que era (y sigue siendo) un mini-yo de Estados Unidos en su rincón del mundo. La guerra Irán-Irak fue la primera que recuerdo en noticias. Después vinieron muchas más, primero en pantalla y luego en libros, porque hay una pregunta que me ha perseguido siempre: ¿qué lleva al ser humano a cometer atrocidades contra su propia especie por tierra, religión, banderas e intereses? Spoiler: casi nunca es “odio ancestral”. Casi siempre es poder.
Con el tiempo, esa semilla explotó donde tenía que explotar: Salamanca, universidad, lecturas, discusión real.
Ese viaje de lecturas y golpes de realidad me fue llevando, sin romanticismos, a donde tenía que llevarme: a un marxismo-leninismo cada vez más convencido. He tonteado con el anarquismo, claro. Su intuición moral es poderosa y su desconfianza del poder es saludable. El problema es que el capitalismo no se sostiene por “malas personas”, sino por estructuras, instituciones y violencia económica organizada. Y a una maquinaria así no se la combate desde la pura individualidad ni desde comunidades dispersas que el mercado compra, fragmenta o asfixia cuando le conviene.
El neoliberalismo no es un “debate”: es una máquina de triturar vidas con contabilidad impecable. Y contra una máquina no sirve la pureza individual. Sirve organización, estrategia, disciplina y poder colectivo. Al capital no se le convence: se le enfrenta. Y la historia, si uno la mira sin anestesia, lo deja bastante claro.
Y lo más deprimente es que hoy, en Occidente (y en buena parte del mundo), esa respuesta colectiva casi ni existe. No hay una fuerza marxista-leninista con músculo real, ni un movimiento capaz de disputar poder de verdad. Lo que hay son restos: siglas domesticadas, izquierdas convertidas en gestoría moral y sindicatos demasiado acostumbrados a negociar migajas como si fueran victorias.
El capitalismo, además, tiene una habilidad perfeccionada: te empuja a la individualidad, te vende la política como identidad de consumo y, cuando aparece algo con potencial, actúa rápido. Lo rodea, lo infiltra, lo divide, lo compra. Y si no puede comprar la base, compra a los líderes: los sienta en un plató, les da una fundación, un cargo, un sueldo, una puerta giratoria y el privilegio de sentirse “responsables”. De la noche a la mañana la amenaza se vuelve marca. Y la marca, compatible.
Y luego está lo que ya no se puede fingir que no existe: el imperialismo estadounidense como modo de vida, y el Estado sionista de Israel como proyecto colonial armado, sostenido por Occidente, con Palestina como campo de experimentación y escenario de un genocidio retransmitido con excusas. No necesito “radicalizarme” en redes. Me basta con mirar el mundo y llamar a las cosas por su nombre.
Para mí, dos tragedias históricas han condicionado el desastre moral contemporáneo: la creación de Estados Unidos como potencia imperial y la caída de la Unión Soviética como contrapeso. Desde entonces, el capitalismo perdió miedo. Y cuando el capital pierde miedo, hace lo que siempre quiso hacer: recortar derechos, destruir sindicatos, convertir la vida en mercancía y venderlo como “libertad”. Tres décadas de retroceso laboral y civil no son accidente: son programa.
Escribo desde la rabia, sí. Desde la impotencia también. Porque ver cómo se masacra a un pueblo con impunidad y cómo se censura, se relativiza o se justifica desde los salones occidentales es una experiencia que te deja dos opciones: volverte cínico o volverte peligroso. Yo no tengo un fusil ni vivo en una trinchera. Vivo en Occidente, con sus comodidades y su culpa. Así que lo que tengo es un teclado, una pantalla y un vicio: no callarme.
AustraWrites es eso. Un cuaderno público. Un sitio donde escribo de política, sí, pero también de filosofía (ahora que curso Humanidades en la UOC y vuelvo a los grandes con calma y método), y de cine y viajes, mis dos placeres más constantes: el cine como documento y el viaje como choque con realidades que el mapa oficial no siempre reconoce.
No pretendo “cambiar el mundo” desde un blog. No soy tan ingenuo. Pero sí pretendo algo más modesto y, en el fondo, más serio: construir un archivo con voz propia, compartir lecturas, enfocar la rabia, y dejar claro que si tú también sientes que el mundo está enfermo y que el sentido común es, demasiadas veces, el nombre amable de la propaganda… no estás solo.
Contra el sentido común.

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