❤️💛💜14 de abril: la II República, las mujeres y el futuro que la reacción asesinó

Hoy se cumplen 95 años de la proclamación de la II República. Y lo primero que me sale es una rabia vieja y perfectamente racional: la rabia de saber lo que España pudo haber sido si no la hubieran mutilado a conciencia. Porque la República no fue sólo un “cambio de régimen»; fue un intento de país. Un intento serio, peligroso, demasiado moderno para una estructura de poder que llevaba siglos funcionando como cortijo: Iglesia, Ejército, propietarios, caciques y élites con alergia a la palabra “ciudadano”.

El 14 de abril de 1931, por un momento brevísimo, España se permitió imaginarse a sí misma sin pedir permiso. Y eso aquí, en cuanto dura más de lo tolerable, se paga. No se discute. No se negocia. Se aplasta. Luego, para que la historia no huela a crimen, se la perfuma con eufemismos: “dos bandos”, “hermanos”, “excesos”, “una tragedia inevitable”. Mentira. Lo que vino después no fue un malentendido entre españoles. Fue un golpe de Estado. Fue una reacción de clase. Fue fascismo como herramienta. Y fue, sobre todo, una amputación histórica: la de un país que estaba intentando salir del siglo XIX y al que lo devolvieron al barro a hostias. Porque aquí, cuando el pueblo intenta emanciparse, la derecha no se enfada: se asusta. Y cuando se asusta, llama al cura, al general y al banquero. Y luego lo llama “normalidad”.

La Constitución de 1931 fue avanzada, sí. Pero lo verdaderamente subversivo no estaba solo en el articulado, sino en la dirección del viaje: laicidad real, educación pública como columna vertebral, derechos civiles y sociales, autonomía territorial, reformas que tocaban nervio. No era una España perfecta, era una España en construcción, y eso era exactamente lo que las élites no podían permitir: que se construyera algo donde ellas ya no fueran el centro. La República no era peligrosa porque “dividiera”, como repiten los manuales de los que siempre han vivido del privilegio; era peligrosa porque distribuía. Porque metía luz donde había penumbra. Porque hacía lo indecente: poner a la ciudadanía por encima de la obediencia.

Y aquí conviene decirlo sin rodeos: esa modernidad republicana tenía también una genealogía internacional. España no estaba aislada en una urna. Venía de una época marcada por la cuestión social, por el miedo de las élites europeas a que el suelo temblara bajo sus mansiones, por la evidencia de que los derechos no podían seguir siendo un privilegio de clase. Cuando se dice que el constitucionalismo del periodo “bebía” de experiencias como la soviética, no significa que el 31 fuese una copia ni que España estuviese a un paso de la URSS; significa algo más simple y más irritante para el relato liberal: que el mundo ya había entendido que la libertad, sin pan, sin escuela, sin dignidad material, es una palabra hueca. Y la República, con todas sus contradicciones, apuntaba a ese horizonte: que un país no se mide por su bandera, sino por lo que garantiza a quienes nacen abajo.

Ahora: si hay un aspecto de la II República que todavía incomoda de verdad, incluso a los que se dicen “progresistas” pero prefieren recordarla como postal amable, es lo que significó para las mujeres. Porque ahí la República no fue solo un cambio político: fue un terremoto cultural. En una España educada para la tutela y el control, la República abrió grietas por las que entró algo radical: la mujer como sujeto político. Ciudadanas, no apéndices. Voto femenino, debate público, presencia, derechos. Y junto a eso, matrimonio civil, divorcio, secularización, la posibilidad de salir de la cárcel legal y moral que era, para tantas, la vida entera. No era un paraíso feminista, pero sí era un desplazamiento de época: la mujer empezaba a existir fuera del hogar y del confesionario, y esa sola idea ya era un ataque frontal a la arquitectura del poder tradicional.

Por eso el golpe del 36 fue también, y conviene repetirlo hasta que duela, una guerra contra las mujeres. Porque el franquismo no “revirtió leyes”: revirtió vidas. No se limitó a borrar reformas; restauró el control, la tutela, el permiso, la moral como policía. Y ese retorno no fue abstracto. Fue violencia, humillación, castigo ejemplar, disciplinamiento social. La España franquista necesitaba que las mujeres volvieran a tener miedo, porque una mujer sin miedo es una ruptura del orden. La República había abierto una puerta y el franquismo no solo la cerró: levantó un muro encima y se aseguró de que quedara claro quién mandaba sobre los cuerpos. La modernidad se cortó de raíz, y para millones de mujeres ese corte fue literal: futuro cancelado, autonomía anulada, ciudadanía convertida otra vez en obediencia.

Y entonces llegamos a la pregunta que más quema: ¿qué España tendríamos hoy si aquel proyecto hubiera sobrevivido? Una España probablemente más alfabetizada antes, más igualitaria antes, menos sometida al poder eclesiástico, con una cultura política menos servil, menos acostumbrada a confundir “orden” con “miedo” y “unidad” con “silencio”. No es fantasía: es la hipótesis histórica que nos robaron. Lo que duele no es solo lo que fue la República; es lo que podía haber sido España si no la hubieran cortado con bayoneta.

Cinco años después del 14 de abril, la reacción decidió que las urnas eran prescindibles. Que la República era un error que había que corregir con sangre. Y ahí está el crimen. Porque cuando el pueblo elige un rumbo, y el poder responde con un golpe armado, eso tiene nombre, aunque lo hayan maquillado durante décadas: terrorismo político, exterminio, y pedagogía del miedo. La República fue la primera línea contra el fascismo europeo y la dejaron caer con esa cobardía elegante llamada “no intervención”. Luego vinieron los discursos solemnes. La gente muerta no aplaude.

Noventa y cinco años después seguimos discutiendo la República porque la República sigue señalando culpables. Porque no fue una anécdota: fue un espejo. Y el poder en España odia los espejos. Prefiere los retratos oficiales, los himnos, la mitología del “todos fuimos culpables”, esa anestesia moral que deja intactos a los verdugos y convierte a las víctimas en “tragedia inevitable”. No. Fue una decisión política: la de destruir un proyecto de país para salvar privilegios.

Así que sí: hoy, 14 de abril, toca memoria. Pero memoria sin domesticar. Memoria con dientes. No para convertir el pasado en santuario, sino para entender el presente: aquí los derechos no caen del cielo, se conquistan; y cuando se conquistan, alguien se organiza para arrebatarlos. La II República fue una promesa colectiva. La asesinaron. Y todavía pretenden que lo llamemos reconciliación. No nos robaron solo un régimen: nos robaron una generación de futuro. Y todavía quieren que les demos las gracias por el silencio.

Que no nos vuelvan a vender la derrota como destino.
¡VIVA LA REPÚBLICA!

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