De la revolución copernicana a Newton: la transformación moderna del conocimiento científico

La revolución copernicana suele presentarse como un simple relevo entre dos modelos astronómicos: el geocentrismo cede su lugar al heliocentrismo y, con ello, el Sol pasa a ocupar el centro del sistema planetario. Sin embargo, reducir su alcance a esa sustitución sería quedarse en la superficie del problema. Lo que se pone en marcha a partir del siglo XVI no es únicamente una nueva imagen del cosmos, sino también una transformación mucho más profunda en la manera de entender qué es conocer, qué cuenta como saber válido y bajo qué condiciones una teoría puede aspirar a la verdad. Manuel García Doncel advierte precisamente contra el error de proyectar sobre Copérnico desarrollos que solo alcanzarán una formulación científica plena a finales del XVII, cuando Newton establezca una mecánica de cuerpos celestes movidos por la gravitación universal.[1] Esto obliga a leer la revolución copernicana no como un episodio aislado, sino como el comienzo de un proceso histórico más amplio.

La tesis de este trabajo es que entre Copérnico y Newton se produce una reorganización de los criterios de legitimidad del saber. La modernidad científica no nace solo de nuevos descubrimientos, sino también de una nueva relación entre teoría y experiencia, entre matemática y naturaleza, entre saber filosófico y saber técnico. No cambian únicamente los contenidos del conocimiento; cambian asimismo sus condiciones de validez. En ese proceso, Copérnico abre la grieta decisiva en la cosmología heredada; Kepler y Galileo refuerzan esa ruptura al transformar la observación del cielo y la comprensión del movimiento; Bacon teoriza el valor del experimento, de las artes mecánicas y del trabajo colectivo;[2] y Newton da a este desplazamiento una forma especialmente sólida al unificar bajo leyes matemáticas la mecánica celeste y la terrestre.[3]

1. Copérnico y la fractura del cosmos heredado

El sistema aristotélico-ptolemaico no era una teoría astronómica más. Constituía una imagen total del mundo. La Tierra ocupaba el centro del cosmos; el mundo sublunar y el supralunar obedecían a principios distintos; y el movimiento se entendía en términos de lugares naturales, fines y jerarquías cualitativas. García Doncel recuerda que el universo aristotélico era concebido como un mecanismo compacto, eterno y cerrado, articulado por esferas y por una diferencia radical entre la región terrestre y la celeste.[4] Se trataba, por tanto, de un orden simultáneamente cosmológico, ontológico y epistemológico.

La novedad copernicana aparece, en un primer momento, como una simple reordenación de las esferas. El Sol pasa al centro del sistema planetario y la Tierra se convierte en un astro más. Pero justamente ahí reside su potencia histórica. Al desplazar a la Tierra del centro, Copérnico no modifica solo una pieza del modelo astronómico, sino la estructura simbólica que sostenía la visión heredada del mundo. El heliocentrismo hiere la vieja centralidad antropocéntrica y obliga a pensar que la evidencia sensible inmediata ya no basta para garantizar la verdad, pues la verdad cosmológica exige ahora una reconstrucción teórica más amplia.[5]

Aquí resulta útil la aportación de Thomas Kuhn. Una revolución científica, tal como él la entiende, no consiste solo en añadir nuevos hechos a un sistema estable, sino en modificar el marco mismo dentro del cual los hechos pueden aparecer como relevantes. Después de una revolución, muchas mediciones y manipulaciones antiguas pierden importancia y son reemplazadas por otras; el científico sigue mirando al mismo mundo, pero ya no lo ve del mismo modo.[6] Aplicado al caso copernicano, esto significa que el heliocentrismo no fue solo una nueva hipótesis astronómica, sino una mutación en la forma de ver, organizar e interrogar la realidad.

Retrato de Nicolás Copérnico

2. Kepler y Galileo: del cielo observado al cielo reconstruido

Ahora bien, Copérnico no basta por sí solo para fundar el nuevo pensamiento científico. Su propuesta abre una crisis, pero no la resuelve. El proceso exige nuevas observaciones, nuevos instrumentos, nuevos conceptos y una revisión más amplia de la física heredada. Por eso García Doncel organiza el desarrollo del nuevo pensamiento científico a partir de varias etapas sucesivas: la eliminación de las esferas por Tycho Brahe y Kepler, la reflexión baconiana sobre el método experimental y las aportaciones astronómicas y físicas de Galileo.[7]

Kepler desempeña aquí un papel decisivo porque sus leyes rompen con la vieja perfección circular del cosmos antiguo. Pero es Galileo quien muestra con mayor claridad que la modernidad científica no nace solo de nuevas ideas, sino también de nuevas mediaciones técnicas. El telescopio no amplía simplemente la vista; altera el régimen mismo de lo visible. Gracias a él, la Luna deja de ser una esfera perfecta, la Vía Láctea se revela como un conjunto innumerable de estrellas y los satélites de Júpiter cuestionan la tesis de que todo gira alrededor de la Tierra.[8] El instrumento no aparece ya como un accesorio, sino como una condición material de posibilidad de la nueva experiencia científica.

La importancia de Galileo no se agota, sin embargo, en la astronomía. También en el estudio del movimiento introduce una novedad decisiva: la naturaleza comienza a ser tratada como un ámbito mensurable, idealizable y expresable matemáticamente. García Doncel subraya el valor cognoscitivo que el nuevo método experimental, con sus aparatos y su lenguaje matemático, proporciona a las ciencias.[9]  El giro es profundo. La naturaleza deja de ser comprendida ante todo como un orden cualitativo y finalista, y pasa a presentarse como un campo de regularidades susceptibles de cálculo. La pregunta ya no es solo qué son las cosas, sino cómo se comportan bajo leyes formulables con precisión.

3. Bacon y la reorganización del saber legítimo

Este desplazamiento no afecta únicamente a las teorías, sino también al estatuto social y epistemológico de los saberes. El texto de Paolo Rossi permite comprender muy bien que la ciencia moderna no brota de una pura abstracción matemática separada de la historia, sino del contacto creciente entre saber erudito y saber técnico. Rossi señala que la atención prestada a los procedimientos de la técnica y de las artes mecánicas, así como el reconocimiento de su utilidad para el progreso del saber, caracterizan la cultura de los siglos XVI y XVII. De ese nuevo contacto entre saber científico y técnico deriva, en primer lugar, un gran enriquecimiento de las “verdades empíricas” y, en segundo lugar, el refuerzo de la idea de que una teoría debe aplicarse a los hechos para poder considerarse justa o verificada.[10]

Este punto es crucial porque evita una lectura demasiado limpia o idealista de la revolución científica. La modernidad no consiste únicamente en una victoria de la razón abstracta, sino también en una revalorización de prácticas que la tradición había situado en un plano inferior. Bacon es aquí una figura central. No solo porque teoriza el método experimental, sino porque rompe con la vieja oposición entre arte y naturaleza. En su horizonte, la intervención técnica deja de aparecer como una degradación del orden natural y pasa a convertirse en un modo legítimo de acceso al conocimiento.[11]

Más aún: Bacon redefine también la forma social de la verdad científica. Rossi insiste en que, para él, en la ciencia solo pueden alcanzarse resultados sólidos y positivos mediante una cadena de investigadores y un trabajo de colaboración entre científicos; los métodos y operaciones de las artes mecánicas, con su carácter de progreso e intersubjetividad, proporcionan el modelo para la nueva cultura.[12] Este pasaje me parece especialmente importante porque enlaza con una intuición que ya había aparecido en el debate del foro: la modernidad no solo amplía el campo del saber legítimo, sino que reorganiza sus criterios de legitimidad. La verdad deja de presentarse como contemplación inmediata de un orden dado y pasa a convertirse en resultado de una práctica colectiva, acumulativa y experimental.

En esta misma línea, García Doncel observa que el método experimental crea un nuevo concepto de experimento y un nuevo tipo de ciencia cuyo valor ya no depende del sistema filosófico subyacente, sino de la precisión con la que la experimentación puede controlar las teorías.[13] La modernidad científica, por tanto, no solo admite nuevos contenidos; redefine qué puede contar como conocimiento válido.

Retrato de Isaac Newton

4. Newton como culminación metodológica

Si Copérnico inaugura la fractura y Galileo muestra la potencia de la matematización y del experimento, Newton representa el momento en que ese conjunto disperso de transformaciones alcanza una síntesis de extraordinaria fuerza. Agustí Nieto-Galan lo presenta desde el inicio como un personaje clave, culminación de la revolución científica, y señala además que la ciencia del siglo XVIII y de la primera parte del XIX puede entenderse, en ciertos aspectos, como una “segunda revolución científica”.[14] No estamos, por tanto, solo ante un científico eminente, sino ante una figura de consolidación histórica.

La gran operación newtoniana consiste en unificar bajo un mismo marco legal el mundo terrestre y el celeste. A partir de las leyes de Kepler, de la caída de los graves y de la comparación entre la trayectoria de la Luna y la de los cuerpos terrestres, Newton formula una dinámica en la que la misma fuerza rige ambos dominios. García Doncel lo expresa con claridad al afirmar que la gravitación universal corona la mecánica newtoniana, celeste y terrestre al mismo tiempo.[15] Con ello se consuma la destrucción de una de las divisiones más profundas del universo aristotélico: la diferencia ontológica entre el cielo perfecto y la Tierra corruptible.

Ahora bien, la importancia de Newton no reside solo en la gravitación universal. Lo decisivo es que en su obra cristaliza un ideal de conocimiento en el que convergen matematización, ley universal, experimentación e inducción. Nieto-Galan insiste en que, junto a los Principia, la Óptica constituye la otra gran columna del pensamiento newtoniano. Más aún, describe esta obra como una especie de “testamento metodológico” de cómo debía practicarse la filosofía natural.[16]Esto obliga a matizar la imagen tópica de Newton como mero geómetra del universo. Su legado no es solo un sistema de leyes, sino también una determinada forma de investigar.

Dicho de otro modo, Newton no representa únicamente la culminación de un proceso astronómico y físico, sino también la estabilización de una nueva normatividad epistemológica. La naturaleza aparece cada vez más como un ámbito regido por regularidades matemáticas, accesible mediante observación controlada y susceptible de formulación universal. En este sentido, con Newton la modernidad consolida no solo una nueva ciencia, sino también una nueva forma de legitimidad del saber.

5. La modernidad científica y la disponibilidad de la naturaleza

Llegados a este punto, puede verse con mayor claridad que la revolución científica moderna no fue solo un cambio cosmológico. Fue también una transformación de la relación entre humanidad y naturaleza. Allí donde la tradición aristotélica privilegiaba una comprensión cualitativa, jerárquica y finalista del mundo, la modernidad introduce una racionalidad distinta, orientada al cálculo, a la previsión y a la intervención. No solo cambia la imagen del universo; cambia también el uso del saber.

En este sentido, el recorrido que va de Copérnico a Newton puede leerse como el tránsito hacia una naturaleza cada vez más concebida como ámbito de medición, formulación legal y dominio técnico. García Doncel señala que el método experimental dota a las ciencias de un valor cognoscitivo específico y que los cuadros conceptuales, sometidos al rigor experimental, pueden entrar en crisis y ser sustituidos por otros más precisos.[17] Por su parte, Rossi muestra que la atención a las artes mecánicas refuerza la conciencia de la distancia entre la estructura conceptual de las ciencias y su capacidad de servir concretamente a las necesidades humanas y explicar hechos nuevos.[18]

Aquí está, a mi juicio, uno de los núcleos filosóficos más relevantes del problema. La modernidad no solo produce conocimientos nuevos; produce también una naturaleza disponible. Disponible para ser medida, calculada, contrastada, reproducida en condiciones controladas y, llegado el caso, transformada. La ciencia moderna no se limita a describir el mundo de otro modo; instituye una nueva relación práctica con él. En ese desplazamiento reside una de las bases decisivas de la modernidad.

Conclusión

La revolución copernicana no puede reducirse al simple relevo entre geocentrismo y heliocentrismo. Su alcance histórico es mucho mayor. Lo que se pone en marcha a partir del siglo XVI es una transformación de los criterios mismos del conocimiento: una nueva relación entre teoría y experiencia, una creciente centralidad de la matematización, una revalorización del saber técnico y una nueva forma de concebir la verdad científica como algo contrastable, colectivo e históricamente perfectible.Desde esta perspectiva, Copérnico inaugura la crisis del cosmos heredado; Kepler y Galileo desarrollan las condiciones teóricas y técnicas del nuevo pensamiento; Bacon formula la dignidad epistemológica del experimento, de las artes mecánicas y del trabajo colectivo; y Newton culmina metodológicamente el proceso al ofrecer una síntesis capaz de unificar la física celeste y terrestre bajo leyes universales. En definitiva, la modernidad científica no es solo el triunfo de nuevas teorías, sino la reorganización histórica de lo que una cultura acepta como saber válido. Y esa reorganización, precisamente porque afecta al vínculo entre verdad, técnica y naturaleza, constituye una de las raíces filosóficas fundamentales del mundo moderno. En este sentido, la modernidad científica no solo transforma la comprensión del cosmos, sino que inaugura una racionalidad que más adelante influirá también en formas de pensamiento para las que conocer no será ya separable de transformar, como ocurrirá, entre otras, en la tradición marxista.


[1] García Donce, M., El nuevo pensamiento científico, (Barcelona: Fundació per a la Universitat Oberta de Catalunya, s. f.), 5.
[2] García Donce, M., El nuevo pensamiento científico, 5-6.
[3] García Donce, M., El nuevo pensamiento científico, 36-37.
[4] García Doncel, El nuevo pensamiento científico, 7-8.
[5] Thomas S. Kuhn, La revolución copernicana, (Barcelona: Ariel, 1978), 301.
[6] Thomas S. Kuhn, La estructura de las revoluciones científicas (México: Fondo de Cultura Económica, Sexta Reimpresión, 2024), 282-283.
[7] García Doncel, El nuevo pensamiento científico, 5-6.
[8] García Doncel, El nuevo pensamiento científico, 25-27.
[9] García Doncel, El nuevo pensamiento científico, 6, 23-24.
[10] Paolo Rossi, “Las artes mecánicas, la magia y la ciencia,” en Francis Bacon: de la magia a la ciencia (Madrid: Alianza, 1990), 42-43.
[11] Rossi, “Las artes mecánicas, la magia y la ciencia,” 65.
[12] Rossi, “Las artes mecánicas, la magia y la ciencia,” 77.
[13] García Doncel, El nuevo pensamiento científico, 23-24.
[14] Agustí Nieto-Galan, Newton y las nuevas ciencias (Barcelona: Fundació per a la Universitat Oberta de Catalunya, s. f.), 5-6.
[15] García Doncel, El nuevo pensamiento científico, 36-37.
[16] Nieto-Galan, Newton y las nuevas ciencias, 8-10, 29-30.
[17] García Doncel, El nuevo pensamiento científico, 23-24.
[18] Rossi, “Las artes mecánicas, la magia y la ciencia,” 42-43.

Bibliografía

  • García Doncel, Manuel. El nuevo pensamiento científico. Barcelona: Fundació per a la Universitat Oberta de Catalunya, s. f.
  • Kuhn, Thomas S. La revolución copernicana. Barcelona: Ariel, 1978.
  • Kuhn, Thomas S. La estructura de las revoluciones científicas. Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica, Sexta reimpresión, 2024.
  • Nieto-Galan, Agustí. Newton y las nuevas ciencias. Barcelona: Fundació per a la Universitat Oberta de Catalunya, s. f.Rossi, Paolo. “Las artes mecánicas, la magia y la ciencia.” En Francis Bacon: de la magia a la ciencia, 41-99. Madrid: Alianza, 1990.
Logotipo de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC)
  • Contexto: UOC · Grado en Humanidades
  • Asignatura: Filosofía Moderna
  • Tipo: PEC | Reto
  • Calificación: Excelente

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