¿En qué medida la fe o la creencia nos condicionan individual y colectivamente?

«¡Será posible! Este santo viejo no ha oído aún en su bosque que
 Dios ha muerto!»[1]

La influencia de la religión no se limita a la esfera privada de la espiritualidad; actúa como un sistema de organización social y de producción de sentido. Incluso en la llamada modernidad líquida[2] y secular, habitamos estructuras arquitectónicas, legales y temporales diseñadas bajo una lógica teológica que ha sido después secularizada, pero no realmente anulada.

«De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas.»
                                                           — Evangelio según san Mateo 22,40

Hemos heredado una determinada distinción entre lo correcto y lo incorrecto. El decálogo religioso, los Diez Mandamientos, puede leerse como una suerte de contrato social primigenio. Más allá de su valor teológico, funcionan como un código proto-legal: normas como “no matarás” o “no robarás” constituyen la base mínima de convivencia que permite superar el “estado de naturaleza”, esa animalidad primitiva imaginada por la filosofía política moderna, para entrar en el estado de sociedad.

Filósofos como Nietzsche o historiadores como Tom Holland han defendido que el humanismo occidental moderno es, en buena medida, cristianismo secularizado. Conceptos como derechos humanos, igualdad universal, compasión por la víctima o caridad (hoy reformulados como justicia social, ayuda humanitaria o políticas de bienestar), e incluso la preocupación por los oprimidos y marginados que recorre el marxismo, pueden leerse como evoluciones históricas de la ética judeocristiana. Aunque un ateo defienda estos valores, sigue operando dentro de un marco moral modelado por siglos de teología y prácticas eclesiales. Desde una lectura más materialista, podríamos decir que la religión funciona como matriz simbólica en la que luego se injertan las ideologías modernas, incluso cuando se presentan como antirreligiosas.

Buena parte de estas estructuras éticas, temporales y simbólicas se consolidan precisamente en la Edad Media, cuando el cristianismo articula la vida social europea en torno a un calendario litúrgico, una concepción sacramental del mundo y una jerarquía de poderes espirituales y temporales.

Pero no solo hemos heredado valores y principios éticos; también persiste una inercia cultural que ni el laicismo ni siquiera los estados comunistas han logrado eliminar. Las sociedades necesitan hitos temporales para romper la monotonía de la producción y reproducir la cohesión social. Originalmente, estos hitos eran litúrgicos. Hoy, incluso sin fe, mantenemos la Navidad o la Semana Santa porque cumplen una función sociológica y económica: ordenan el tiempo, estructuran vacaciones, consumos y reuniones familiares. Del mismo modo que el cristianismo asimiló y resignificó celebraciones paganas dentro de su propio calendario, las sociedades modernas han conservado, incluso en contextos laicos o abiertamente ateos, el esqueleto religioso del calendario. La Revolución francesa intentó instaurar un calendario secular; la Unión Soviética trató de abolir la Navidad. Ambos proyectos fracasaron a largo plazo. Pretender borrar de golpe una estructura temporal arraigada tras casi dos milenios de cristianismo genera desorientación y malestar social. El ritmo de vida (descanso dominical, vacaciones estivales ligadas a antiguas fiestas de cosecha o patronas marianas) sigue estando dictado, simbólicamente, por el campanario antes que por la fábrica.

También nuestra forma de trabajar y consumir está condicionada por matrices religiosas. Max Weber, en La ética protestante y el «espíritu» del capitalismo, argumenta que en el norte de Europa y en Estados Unidos la idea de que “el tiempo es oro” y de que el trabajo duro es una virtud en sí misma procede del calvinismo y de la lógica de la predestinación. Por el contrario, en culturas católicas, como las mediterráneas, existió históricamente una visión más comunitaria del tiempo y una relación menos ascética con la acumulación individual ilimitada.[3] Aunque hoy la economía es global y el capitalismo homogeneiza prácticas, las actitudes subconscientes hacia el dinero, el ahorro, la deuda o el éxito siguen teniendo raíces confesionales.

Nuestro lenguaje también condiciona y estructura el pensamiento. Utilizamos a diario expresiones religiosas sin ser conscientes de su carga semántica: “ojalá” (del árabe law šāʾ llāh, “si Dios quiere”), “adiós” (“a Dios te encomiendo”) o conceptos como “chivo expiatorio”. Pensamos con metáforas religiosas: la narrativa de “caída y redención” es un arco bíblico que aplicamos a biografías personales, relatos políticos o historias nacionales. La Biblia está construida sobre una serie de pactos, acuerdos entre Dios y la humanidad, y esa lógica del compromiso y la promesa se traslada a nuestras relaciones, a la noción de contrato y a la idea de fidelidad. La visión final bíblica habla de un “cielo nuevo y tierra nueva” donde todo es rehecho y perfeccionado; traducido a clave secular, es la confianza en que el mal no tendrá la última palabra, en que el futuro puede ser mejor que el presente. Esa esperanza estructural es un recurso psíquico básico para sostener la salud mental y la motivación colectiva.

Algo similar ocurre con el “viaje del héroe” bíblico, encarnado en figuras como José o Daniel: pasar de una posición cómoda a una situación de sufrimiento, atravesar pruebas que aportan sabiduría y humildad, y regresar transformado. Estos arquetipos nos ayudan a reinterpretar las dificultades de la vida como oportunidades de crecimiento y no solo como castigos absurdos. El cine, la literatura y la cultura popular siguen reciclando estos esquemas religiosos bajo formas aparentemente laicas.

«Os hemos creado de un varón y una hembra y os hemos hecho pueblos y tribus para que os conozcáis unos a otros.»
                              — Corán 49,13


La religión también proporciona identidad y sentido de pertenencia. Incluso si no se acepta el dogma, la adscripción cultural a un imaginario religioso define el “nosotros” frente a los otros. Samuel Huntington, en El choque de civilizaciones, sostuvo que las grandes líneas de conflicto del mundo contemporáneo ya no serían ideológicas (capitalismo contra comunismo), sino culturales y religiosas.[4] Más allá de compartir o no su tesis política, es cierto que nuestro “mapa mental” de dónde nos sentimos en casa y dónde nos sentimos extranjeros está trazado por fronteras religiosas e históricas: cristianismo, islam, mundo eslavo ortodoxo, etc.

Esta lógica “civilizatoria” no es neutra: en el contexto español contemporáneo, ciertos discursos políticos de derecha apelan precisamente a esa supuesta afinidad religiosa y cultural para presentar como más “asimilable” la inmigración latinoamericana (mayoritariamente cristiana) frente a la inmigración marroquí o magrebí (mayoritariamente musulmana), justificando así jerarquías internas entre migrantes y reforzando un “nosotros” frente a los “otros”.

Podemos concluir que la fe y la creencia nos condicionan de forma profunda, aunque no siempre desde la adhesión explícita a lo místico, sino desde la infraestructura cultural y simbólica que sostiene nuestra vida cotidiana. Somos como peces en una pecera: aunque no notemos el agua (religión, tradición), es el medio que nos permite respirar, movernos y entender el mundo. Las sociedades modernas no han eliminado la religión; han transformado sus rituales en cultura cívica, sus dogmas en derechos fundamentales y sus mandamientos en artículos constitucionales. En definitiva, incluso cuando nos declaramos laicos, ateos o militantes de cualquier ideología secular, seguimos siendo herederos involuntarios de una cosmovisión de fe que estructura nuestro sentido de lo humano, del tiempo y de la justicia.


[1] Nietzsche, Friedrich. Así habló Zaratustra. Traducción Acosta, Luis A. Madrid, Ediciones Cátedra. Primera edición 2008. Prologo, página 139.
[2] Bauman, zygmunt. Modernidad Líquida. Traducción Rosenberg, Mirta. Polity Press y Blackwell Publishers Ltd. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica de Argentina. Tercera Reimpresión 2004. Disponible en: https://catedraepistemologia.wordpress.com/wp-content/uploads/2009/05/modernidad-liquida.pdf
[3] Weber, Max. La ética protestante y el «espíritu» del capitalismo. Traducción Abellán, Joaquín. Madrid, Alianza Editorial S.A.. Tercera Reimpresión 2004. Disponible en: https://jricomcursos.wordpress.com/wp-content/uploads/2017/01/weber-max.-la-etica-protestante-y-el-espiritu-del-capitalismo-2001.pdf
[4] Huntington, Samuel P. El choque de civilizaciones. Y la reconfiguración del orden mundial. Traducción Tosaus Abadía, José Pedro. Buenos Aires, Editorial Paidós. Cuarta Reimpresión 2001. Disponible en: https://archive.org/details/huntington-samuel-el-choque-de-civilizaciones_202405/page/n3/mode/2up

Bibliografía

  • Bauman, Zygmunt. Modernidad Líquida. Traducción Rosenberg, Mirta. Polity Press y Blackwell Publishers Ltd. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica de Argentina. Tercera reimpresión 2004. Disponible en: https://catedraepistemologia.wordpress.com/wp-content/uploads/2009/05/modernidad-liquida.pdf
  • Holland, Tom. Dominio. Cómo el cristianismo dio forma a Occidente. Traducción Eloi Roca Joan. Barcelona, Editorial Ático de los Libros. 2020.
  • Huntington, Samuel P. El choque de civilizaciones. Y la reconfiguración del orden mundial. Traducción Tosaus Abadía, José Pedro. Buenos Aires, Editorial Paidós. Cuarta reimpresión 2001. Disponible en: https://archive.org/details/huntington-samuel-el-choque-de-civilizaciones_202405/page/n3/mode/2up
  • Nietzsche, Friedrich. Así habló Zaratustra. Traducción Acosta, Luis A. Madrid, Ediciones Cátedra. Primera edición 2008.
  • Nietzsche, Friedrich. El Anticristo. Traducción Dukass, Alaric. Barbera del Valles (Barcelona), Ediciones Plutón X S.L. 2012.
  • Nietzsche, Friedrich. El crepúsculo de los ídolos. Traducción Eidelstein, Enrique. Barcelona, Ediciones Brontes S.L. 2001.
  • Rosental, M. y Iudin, P. Diccionario Filosófico Marxista, traducido por M.B. Dalmacio. Pamplona, Editorial Templando el Acero, 2024.
  • Russell, Bertrand. Historia de la Filosofía Occidental. Tomo I, traducido por Julio Gómez de la Serna y Antonio Dorta. Barcelona: Espasa Libros, S. L. U., Décima impresión, diciembre 2024.
  • Russell, Bertrand. Historia de la Filosofía Occidental. Tomo II, traducido por Julio Gómez de la Serna y Antonio Dorta. Barcelona: Espasa Libros, S. L. U., Décima impresión, diciembre 2024.
  • Weber, Max. La ética protestante y el «espíritu» del capitalismo. Traducción Abellán, Joaquín. Madrid, Alianza Editorial, S.A. Tercera reimpresión 2004. Disponible en: https://jricomcursos.wordpress.com/wp-content/uploads/2017/01/weber-max.-la-etica-protestante-y-el-espiritu-del-capitalismo-2001.pdf

Nota del Autor
Las citas bíblicas se toman de la Sagrada Biblia (Editorial Ortells).
Las citas del Corán se toman de la traducción de Abdullah Yusuf Ali, versión bilingüe (Daralbayina Publishing).

  • Contexto: UOC · Grado en Humanidades
  • Asignatura: Filosofía Clásica
  • Tipo: PEC | Reto
  • Calificación: Excellente

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