Ugolino en la torre: hambre, traición y deshumanización en el canto XXXIII del Infierno y en la ilustración de Gustave Doré

1. Introducción: la materialidad del castigo

El canto XXXIII del Infierno de Dante Alighieri presenta uno de los episodios más atroces y perdurables de la literatura europea: el relato del conde Ugolino della Gherardesca. Encerrado en la Torre de la Muda con sus hijos y otros miembros de su familia, Ugolino es condenado a presenciar cómo la inanición destruye sistemáticamente todo vínculo humano. Lejos de limitarse a una crónica histórica de la traición política en la Pisa del siglo XIII, Dante convierte esta escena en una representación extrema de las consecuencias materiales de la violencia sobre el cuerpo.

La ilustración de Gustave Doré no solo acompaña este episodio, sino que intensifica su dimensión devastadora al transformar la torre en un espacio extremo de encierro y deshumanización. En su grabado, el castigo deja de ser una abstracción moral para convertirse en una experiencia visual de ruina, donde el hambre actúa como motor definitivo de la destrucción de la paternidad, de la familia y, en último término, de lo humano.

Grabado de Gustave Doré: Ugolino en la torre con sus hijos
Figura 1. Gustave Doré, Ugolino and Gaddo, grabado para La Divina Comedia, ca. 1861

2. El núcleo del episodio dantesco: del lenguaje a la carne

La fuerza del canto XXXIII reside en el desplazamiento del foco desde la traición política al sufrimiento corporal y doméstico. El horror no adopta aquí la forma de un castigo instantáneo, sino la de una agonía lenta. Ugolino recuerda el silencio de la torre, el hambre creciente y el llanto de los niños, de manera que la escena queda dominada por la impotencia paterna antes que por la abstracción jurídica o teológica de la culpa.

Un punto decisivo es la ambigüedad del célebre verso, «Poscia, più che ’l dolor, poté ’l digiuno».[1] La grandeza terrible del canto reside precisamente en que Dante no resuelve del todo si Ugolino llegó a cruzar el umbral del canibalismo. No necesita hacerlo. La sola posibilidad de que el hambre haya devorado también la paternidad sitúa al lector en el límite de lo decible y convierte el episodio en una de las formulaciones más extremas del horror medieval. Como observó Borges, a Dante le basta un solo instante para definir a un personaje para siempre.[2]

3. Análisis visual de la ilustración de Doré

Doré traduce este horror mediante una composición de una sobriedad cortante. La torre aparece como un interior pétreo, desnudo y opresivo, donde la arquitectura domina a los personajes y refuerza la sensación de clausura. La espacialidad resulta aquí decisiva: las paredes macizas y la escasez de aperturas no solo impiden la salida física, sino que convierten el encierro en una condición total.

La luz, que entra cenitalmente por una abertura estrecha, no sugiere salvación alguna; al contrario, ilumina la devastación con una frialdad casi implacable. Ugolino ocupa el centro de la composición, pero no como figura de autoridad, sino como presencia vencida. A su alrededor, los cuerpos de sus hijos se disponen en distintas posturas de agotamiento y derrumbe. Doré evita el exceso melodramático y opta por una quietud inquietante: la violencia de la imagen nace menos del gesto que de la inmovilidad, menos del grito que del silencio. La torre queda así convertida en una cámara de deshumanización en la que el tiempo parece haberse detenido en el instante previo al colapso total.

4. La destrucción de la paternidad y del vínculo humano

El aspecto más perturbador del canto y de su representación visual es la destrucción del vínculo paterno. En una cultura en la que el padre encarna protección, provisión y autoridad, la Torre de la Hambre representa la anulación absoluta de esa función. Ugolino ya no puede alimentar, ni salvar, ni ordenar el mundo de los suyos; solo puede asistir a su extinción.

Doré intensifica esta lectura al situarlo en una posición de repliegue físico y moral. La cercanía entre los cuerpos no expresa consuelo, sino exposición compartida a una misma ruina. El hambre corroe las categorías éticas y reduce al ser humano a su mínima expresión biológica. En este sentido, el grabado hace visible una de las intuiciones más brutales de Dante: que el poder político, cuando se ejerce mediante la traición y la violencia extrema, no solo castiga a los individuos, sino que los fija en una forma definitiva de sufrimiento, destruyendo las estructuras más elementales de la vida humana, empezando por la familia.[3]

5. Conclusión: posteridad de una imagen del horror

La potencia de este episodio explica su amplia posteridad artística. La escultura Ugolino y sus hijos de Jean-Baptiste Carpeaux prolonga esa misma exploración del cuerpo llevado al límite y de la paternidad degradada por el hambre. En un plano más libre, también puede recordarse el Saturno de Goya como eco extremo de una imaginería en la que el vínculo paterno aparece absorbido por la destrucción.

Escultura en mármol de Carpeaux: Ugolino sentado y desesperado con sus hijos agrupados a su alrededor
Figura 2. Jean-Baptiste Carpeaux, Ugolino y sus hijos, 1865-1867, escultura.
Pintura de Goya: Saturno de ojos desorbitados devorando el cuerpo de su hijo
Figura 3. Francisco de Goya, Saturno devorando a su hijo, ca. 1820-1823, pintura mural trasladada a lienzo.

Incluso en la cultura visual contemporánea persisten resonancias de esta asociación entre hambre, violencia y devoración. Sin necesidad de afirmar una influencia directa, ciertas escenas del cine moderno recuerdan hasta qué punto el episodio de Ugolino ha fijado una imagen duradera del horror. Con todo, la fuerza singular de Doré reside en su capacidad de sugerir sin mostrarlo todo. Su ilustración hace visible que el verdadero infierno no es solo la muerte, sino la contemplación lúcida y silenciosa del derrumbe de los hijos, de la familia y de uno mismo.

Escena de la película Hannibal, de Ridley Scott
Figura 4. Fotograma de Hannibal (dir. Ridley Scott, 2001).

[1] Dante Alighieri, La Divina Commedia. Inferno, commento di Anna Maria Chiavacci Leonardi (Milano: Arnoldo Mondadori Editore, 2005), canto XXXIII, vv. 75. Página 992.
[2] Borges, Jorge Luis, “La Divina comedia,” en Siete noches (Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 1980), 15-16.
[3] Erich Auerbach, “La representación,” en Dante, poeta del mundo terrenal (Barcelona: Acantilado, 2008), 219-20.

Bibliografía

Logotipo de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC)
  • Contexto: UOC · Grado en Humanidades
  • Asignatura: Introducción a la Literatura Europea
  • Tipo: PEC | Reto
  • Calificación: Excellente

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