Los mercaderes del alma: evangelismo, ruido y opio adulterado

España, que ya había sobrevivido a la burbuja inmobiliaria, a los influencers de productividad, a los tertulianos geopolíticos de plató y a la reconversión del fascismo en patriotismo de pulserita, descubre ahora una nueva forma de invasión del espacio público: el evangelizador con altavoz. No el creyente que reza. No la comunidad que se organiza. No el pobre inmigrante que busca calor humano en una ciudad que lo exprime como mano de obra barata y luego le cobra setecientos euros por una habitación con ventana al patio de luces. No. Hablamos de otra cosa. Hablamos de la conversión del metro, la plaza, la calle y el barrio en púlpito portátil. Hablamos del derecho autoproclamado a interrumpir la vida común porque uno cree poseer “la Verdad” y, encima, tener la obligación de gritársela al resto.

El fenómeno ya no es marginal ni anecdótico. En Madrid se ha abierto un templo evangélico cada cuatro días durante los últimos cinco años. La Comunidad cuenta ya con 1.187 templos evangélicos frente a 481 parroquias católicas, con un crecimiento del 62% desde 2020. No hablamos de cuatro iluminados con guitarra y Biblia en una nave del extrarradio. Hablamos de una mutación religiosa acelerada en el corazón de las grandes ciudades, especialmente en barrios obreros, zonas populares y espacios donde la precariedad, la soledad y la inmigración han dejado un terreno fértil para quien promete comunidad, sentido, perdón, prosperidad y salvación inmediata. La vieja estructura social se deshace, el Estado se retira, el barrio se empobrece, los vínculos colectivos se rompen, y entonces aparece el pastor con micrófono a explicar que el problema no es el capitalismo, ni el alquiler, ni la explotación, sino tu alma desordenada. Qué conveniente. Qué milagrosamente útil para el sistema.

En Cataluña y Barcelona, el crecimiento también se percibe en barrios obreros, bajos comerciales, naves industriales y locales reconvertidos en iglesias de pantalla, micrófono, batería y promesa de salvación inmediata. Allí donde antes había una tienda, un taller o una asociación vecinal, ahora puede aparecer un templo con estética de plató motivacional, sermón amplificado y una liturgia emocional que mezcla lágrimas, música, obediencia y diezmo. La fe convertida en franquicia del alma. La precariedad alquilada por horas al Espíritu Santo.

No es casualidad. El evangelismo contemporáneo que se expande por nuestras grandes ciudades no baja del Sinaí con tablas de piedra: llega muchas veces por la autopista cultural del americanismo. Trae consigo una teología del individuo, de la salvación privada, del éxito moral convertido en mérito personal, de la pobreza transformada en culpa o prueba espiritual, de la comunidad entendida no como clase, barrio o pueblo, sino como congregación emocional en torno a un pastor. Donde el catolicismo popular, con todas sus contradicciones, conservaba todavía una memoria de lo común, de la fiesta, del rito compartido, de la Virgen del barrio y del santo del pueblo, este nuevo evangelismo introduce una religión mucho más compatible con el liberalismo: tú, tu alma, tu caída, tu culpa, tu sanación, tu emprendimiento espiritual. La vieja explotación capitalista, pero con batería, pantalla LED y diezmo por Bizum.

En Madrid se ha abierto un templo evangélico cada cuatro días durante los últimos cinco años. La Comunidad cuenta ya con 1.187 templos evangélicos frente a 481 parroquias católicas, con un crecimiento del 62% desde 2020.

Y aquí conviene decir algo que en España parece imposible sin que alguien se atragante con su propia bandera: la convivencia con otras religiones, por ejemplo con el islam cotidiano de millones de personas, suele ser infinitamente menos invasiva que esta fiebre predicadora. El musulmán reza, ayuna en Ramadán, celebra sus ritos, organiza su vida comunitaria y, en general, no convierte el vagón de metro en una sucursal del Juicio Final. Podrá haber problemas, como en toda comunidad humana, porque la especie no da para milagros sostenidos, pero no existe esa necesidad teatral de perseguir al desconocido para salvarle el alma a gritos.

Además, frente a la caricatura islamófoba habitual, el islam reconoce a Jesús como profeta y concede a María un lugar de enorme respeto. La Virgen María no es para el islam una figura despreciable ni secundaria, sino una mujer venerada por su pureza, su fe y su lugar excepcional en la historia sagrada. Es decir: los mismos que desde la derecha agitan el fantasma del “moro” ignoran que muchos musulmanes muestran más respeto religioso por Jesús y María que ciertos predicadores protestantes que consideran al catolicismo poco menos que idolatría con incienso.

Porque esa es otra. La derecha española, tan preocupada por la “identidad cristiana” cuando ve una mezquita, mira con simpatía o con silencio cobarde el crecimiento evangélico porque lo percibe como un dique contra el islam. Brillante estrategia: importar un cristianismo de matriz estadounidense, profundamente anticatólica en muchas de sus versiones, individualista, emocional, liberal en lo económico, reaccionario en lo moral y a menudo alineado con la ultraderecha global, para defender la tradición católica española. Es como proteger una biblioteca rociándola con gasolina porque al menos no es agua extranjera.

El problema no es que existan iglesias evangélicas. En una sociedad libre, cada cual puede creer en Dios, en el Espíritu Santo, en el horóscopo, en el mercado autorregulado o en que Bruselas defiende la democracia. El problema empieza cuando una fe deja de vivirse como práctica comunitaria y se convierte en maquinaria de ocupación simbólica del espacio público. Cuando la calle ya no es de todos, sino escenario de una misión. Cuando el barrio se llena de locales donde se prometen curaciones, prosperidad, liberación espiritual y milagros en un lenguaje que mezcla Biblia, autoayuda, coaching barato y guerra cultural.

Ciertas corrientes evangélicas consideran al pastor un instrumento divino para “sanar” a enfermos.

Y aquí entramos en terreno todavía más peligroso. Porque alrededor de ciertos sectores evangélicos crece también una nube espesa de conspiranoia: antivacunas, negacionismo médico, teorías sobre élites satánicas, delirios apocalípticos, ataques contra la ciencia, sospecha permanente hacia la medicina pública, demonios detrás de cada enfermedad y “sanaciones” presentadas como alternativa a tratamientos reales. No hablamos de una abuela poniendo una vela por su nieto enfermo. Hablamos de gente que se cree con autoridad espiritual para hacer de curandera, para prometer milagros, para jugar con la salud ajena y para convencer a personas vulnerables de que la enfermedad no necesita médicos, sino fe, imposición de manos y obediencia al pastor.

Esto no es folclore. Esto es gravísimo. Quien promete curar enfermedades mediante supuestos poderes espirituales, quien anima a abandonar tratamientos médicos, quien sustituye la medicina por espectáculo religioso, debería encontrarse con algo más contundente que una multa administrativa y una cara larga del ayuntamiento. Si el Código Penal español no castiga ya con suficiente dureza estas prácticas, debería hacerlo. Porque hacerse pasar por instrumento divino para “sanar” a enfermos no es libertad religiosa: es abuso sobre la vulnerabilidad humana. Lo de ir por la vida como Jesucristo paseándose por Galilea sanando leprosos, devolviendo la vista a ciegos y levantando paralíticos queda muy vistoso en el Nuevo Testamento, pero en una sociedad moderna debería terminar en investigación, juicio y condena cuando implica engaño, lucro o riesgo para la salud. La fe puede acompañar al enfermo. Lo que no puede hacer es sustituir al médico por un iluminado con micrófono.

Dani Alves, se ha presentado ante 35.000 fieles como un hombre nuevo, renacido y perdonado de sus crímenes por violación.

Hay otro peligro menos médico, pero igual de obsceno: la religión convertida en lavadora moral. Lo hemos visto con Dani Alves, reapareciendo como predicador evangélico tras su proceso judicial por agresión sexual, en un giro público presentado casi como renacimiento espiritual. Conviene ser muy claro: que un tribunal absuelva, condene o revise una sentencia pertenece al terreno de la justicia; que alguien diga haber encontrado a Dios pertenece al terreno de su conciencia. Pero una cosa no puede sustituir a la otra. Y mucho menos puede utilizarse la conversión religiosa como espectáculo de rehabilitación pública, como si bastara con levantar las manos, citar la Biblia y hablar de perdón para limpiar una biografía manchada ante la sociedad.

Esto es especialmente peligroso porque no es un caso aislado en la lógica cultural de ciertos entornos religiosos. Hay criminales, agresores, violadores, maltratadores y estafadores que encuentran en la retórica de la conversión una coartada perfecta: “antes estaba perdido, ahora he visto la luz”. Y con esa fórmula pretenden que el pasado quede disuelto en una nube de aleluyas, como si el daño causado a otros fuera un pequeño trámite espiritual entre el pecador y su Dios. Pues no. Aquí no estamos en una función de teatro moral. A la sociedad no se le paga con lágrimas en un púlpito. A las víctimas no se las repara con testimonio evangélico. Y la justicia no se sustituye por un pastor diciendo que Dios ya perdonó.

Que te perdone tu Dios, si quiere, si puede o si le apetece en su infinita agenda celestial, no te exime de pagar tus crímenes ni tus deudas con la sociedad. El perdón religioso puede aliviar la conciencia del culpable, pero no borra la responsabilidad civil, penal ni moral. Y cuando una comunidad religiosa convierte esa supuesta redención en espectáculo, cuando exhibe al caído como trofeo de propaganda, cuando transforma la culpa en marketing de conversión, está haciendo algo profundamente indecente: usar el daño real de otros como decorado para vender el poder milagroso de su fe.

Y el problema se agrava por su dimensión geopolítica. Una parte relevante del evangelicalismo global mantiene vínculos ideológicos con el sionismo cristiano, esa corriente que convierte el apoyo incondicional al Estado de Israel en mandato religioso. No hablamos, por tanto, solo de religión de barrio. Hablamos de una sensibilidad política global: proestadounidense, proisraelí, anticomunista, islamófoba, moralista, profundamente hostil a cualquier horizonte colectivo de emancipación. Una religión perfectamente adaptada al imperio: promete salvación individual, bendice la guerra cultural, demoniza al enemigo geopolítico correcto y transforma la injusticia del mundo en prueba espiritual.

La predicadora de la Iglesia de Cristo Viene, Yadira Maestre, junto a la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, en un acto en Madrid organizado por el Partido Popular en el barrio madrileño de Usera. Foto: Iglesia de Cristo Viene

España debería tomarse esto en serio. No con persecución religiosa, que les regalaría el martirologio que algunos desean con ansiedad adolescente. Sino con una defensa firme de la convivencia común. El espacio público no es un púlpito. El metro no es una iglesia. La pobreza no es un mercado de almas. La inmigración no puede convertirse en laboratorio de sectas emocionales. Y la libertad religiosa no incluye el derecho a convertir la vida de los demás en una predicación ambulante.

La derecha cree que esta inmigración evangélica es “buena” porque no es musulmana. La ultraderecha la tolera porque comparte con ella enemigos: el islam, el feminismo, la izquierda, la educación pública, la ciencia incómoda, Palestina. Pero quizá descubran demasiado tarde que han aplaudido la entrada de un caballo de Troya religioso que no viene a reforzar la vieja España católica, sino a sustituirla por una sucursal espiritual del imperio: menos Virgen del Carmen y más pastor con micrófono; menos comunidad popular y más salvación individual; menos tradición y más espectáculo; menos barrio y más franquicia.

Y mientras tanto, el ciudadano común, que solo quería llegar al trabajo sin escuchar un sermón sobre el fin de los tiempos, se encuentra atrapado entre el alquiler, la inflación, el fascismo con gomina, el liberalismo con sonrisa de coaching y un predicador que le grita que Cristo le ama. No sé si Cristo le ama. Pero el silencio, desde luego, le respetaba bastante más.

Como diría el gran Marx, que ayer habría cumplido 208 años, la religión puede ser el suspiro de la criatura oprimida, el corazón de un mundo sin corazón y el espíritu de una situación sin espíritu. Pero cuando ese suspiro se convierte en altavoz, negocio, conspiración, curanderismo, coartada para criminales y policía moral del imperio, ya no hablamos de consuelo: hablamos de opio adulterado, cortado con dólar, sionismo, culpa y espectáculo, vendido al por mayor en el mercado negro de las almas.

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