
Anatomía de una prensa que confunde libertad con impunidad y periodismo con ajuste de cuentas
Florentino Pérez compareció y la prensa española hizo exactamente lo que cabía esperar de ella: mirar el dedo, inspeccionar el dedo, convocar mesa redonda sobre la decadencia moral del dedo y evitar cuidadosamente la luna. Porque la luna era demasiado grande, demasiado incómoda y demasiado iluminada. Mejor hablar del micrófono, de los papeles, del tono, de los anillos, del “niña”, del ABC y de si el presidente del Real Madrid parecía cansado, viejo, errático o directamente una mezcla de Joe Biden, Donald Trump, Rubiales y Torrente, que es la cuadratura del círculo para una profesión que presume de análisis mientras confunde a Demóstenes con Móstoles.
Sí, Florentino estuvo mal en la puesta en escena. Desordenado, áspero, reiterativo, con momentos de señor mayor harto de escuchar estupideces y dispuesto a devolverlas sin pasar por el departamento de comunicación. El comentario a Lola Hernández fue desafortunado. La referencia a la articulista del ABC estuvo mal formulada. Lo de “esta niña” pertenece a otra época, a otro registro y a otra educación sentimental. Se puede decir todo eso sin ponerse una toga ni fingir que se ha abierto una crisis constitucional porque un presidente de 78 años habló como habla un hombre de 78 años cuando está hasta la coronilla.
Pero una vez dicho eso, vayamos al fondo. Si aún queda alguien interesado en el fondo, criatura exótica en peligro de extinción.
Florentino no mintió en lo esencial. Dijo que una parte de la prensa lleva años haciendo campaña contra él y contra el Real Madrid. Cierto. Dijo que se han cruzado líneas rojas con rumores sobre su salud, su cansancio, su supuesta enfermedad o su estado mental. Cierto. Dijo que el caso Negreira es el mayor escándalo institucional del fútbol español y que no puede despacharse como una incomodidad administrativa. Cierto. Dijo que LaLiga actúa como enemiga del Real Madrid. Discutible en los matices, pero difícil de negar en la música. Dijo que los socios son los dueños del club y que decidirán ellos, no los periodistas, no Tebas, no los tertulianos, no los intelectuales del régimen con micrófono y digestión pesada. Cierto como una catedral.
Y precisamente por eso la prensa se lanzó a hablar de todo menos de eso.
La gran habilidad del periodismo deportivo español, esa pequeña nobleza del canapé acreditado, consiste en convertir una comparecencia política en un examen de urbanidad. No discuten la acusación: discuten el mantel. No miran el cadáver: analizan la alfombra. No se preguntan por qué un club pagó durante años al vicepresidente de los árbitros: se estremecen porque Florentino dijo que se daba de baja del ABC. Hay que reconocerles el talento. Su especialidad no es encontrar elefantes en habitaciones pequeñas, sino fingir que son percheros.

El caso Negreira debería haber roto el fútbol español por la mitad. Un club pagó durante casi dos décadas al número dos del arbitraje. Pagó millones. No pagó a un asesor externo cualquiera, ni a un analista táctico, ni a un proveedor menor perdido en la contabilidad del club. Pagó al vicepresidente del Comité Técnico de Árbitros. Y aquí seguimos, como si nada, debatiendo si Florentino mueve demasiado los papeles. En cualquier país medianamente serio, ese asunto habría provocado dimisiones, reformas, auditorías, depuraciones y un escándalo permanente hasta aclarar hasta el último céntimo. En España, en cambio, el sistema ha decidido que lo maduro, lo civilizado y lo responsable es pedir que se olvide. Peligroso, mamá. Claro que peligroso. Peligrosísimo. Sobre todo para los que llevan años viviendo del decorado.
Luego está la libertad de prensa, ese chaleco antibalas que algunos periodistas se colocan cada vez que alguien les critica. La libertad de prensa significa que pueden investigar, publicar, opinar y fiscalizar al poder. Perfecto. Bendita sea. Sin prensa libre no hay democracia, ni control, ni higiene pública. Pero la libertad de prensa no significa que el periodista sea un sacerdote intocable, ni que sus errores sean dogmas, ni que sus campañas sean mandamientos bajados del Sinaí. La tragedia corporativa empieza cuando el fiscalizado osa fiscalizar a sus fiscales.
Decir que uno se da de baja del ABC no es censura. No es franquismo. No es un ataque a la libertad de prensa. Es exactamente lo contrario: libertad de crítica y libertad de consumo. El ABC puede publicar lo que quiera dentro de la ley. Florentino puede dejar de pagarlo. Los socios pueden hacer lo mismo. Y los periodistas pueden llorar luego en antena como si les hubieran clausurado la imprenta con tanques. Pero no cuela. Confundir una baja de suscripción con persecución política es de una solemnidad tan ridícula que casi merece una asignatura propia en las facultades donde se enseña a hablar de independencia mientras se mira de reojo al patrocinador.

También resultó enternecedor escuchar a algunos periodistas explicar que Florentino había comprometido su futuro como presidente del Real Madrid. Los mismos que juran no querer influir en el club dictaban, con voz grave, que un señor elegido por los socios ya no estaba en condiciones de seguir. No quieren mandar, naturalmente. Solo explicar quién debe dejar de mandar. La diferencia es finísima, como de bisturí en manos de carnicero.
Porque ahí está otro punto que la prensa no soporta: el Real Madrid es de sus socios. No de Florentino, sí, pero tampoco de la COPE, ni de la SER, ni de Onda Cero, ni de Marca, ni de los opinadores que se creen depositarios del alma blanca porque llevan treinta años cobrando por hablar del club. Los socios decidirán lo que quieran, le guste a quien le guste. Los demás, no. O al menos desde el Real Madrid, no.
Se ha repetido mucho que en el Madrid no hay elecciones desde hace veinte años. Otra media verdad, que es la forma más venenosa de la mentira. Elecciones se han convocado. Lo que ocurre es que nadie se ha presentado. Se puede discutir si los requisitos son demasiado duros. Se puede criticar que el modelo dificulte candidaturas alternativas. Incluso se puede proponer una reforma. Pero lo que no se puede hacer es fingir que Florentino se levantó una mañana, cambió los estatutos por inspiración divina y se proclamó emperador hereditario del Bernabéu. Los cambios pasaron por la Asamblea de Compromisarios. ¿Que las asambleas suelen votar lo que propone el presidente? Puede ser. Pero entonces dígase lo mismo del Barça, del Athletic, de Osasuna y de todo club con órganos representativos. No vale que la Asamblea del Madrid sea una cueva de lacayos y la del Barça una ágora ateniense con Wi-Fi.
Y hablando del Barça, la comparación con Laporta es obscena. Laporta comparece con cajas vacías, invoca a Franco, se monta un sainete sobre Negreira y se le celebra como animal comunicativo. Laporta puede hacer comentarios babosos y queda como un campechano desatado. Laporta puede presidir el club que más pagó al vicepresidente de los árbitros y, si la pelota entra, se convierte otra vez en genio popular. Florentino, en cambio, se traba, se enfada, acusa a medios y recuerda que el Madrid es de sus socios, y medio periodismo español decreta una crisis institucional, geriátrica y moral.
Con Cerezo pasa algo parecido, pero con más silencio. Cuando toca hablar de actitudes machistas, de gestión oscura o de la apropiación histórica del Atlético, todo son elipsis, risitas y perífrasis. “Algún presidente de la capital”, dicen. Qué misterio. Qué valentía. Qué periodismo de investigación. Para Florentino hay nombres, editoriales y linchamiento. Para otros, guiños de tertulia y compadreo de barra. El pícaro, el abuelo y el villano: Laporta, Cerezo y Florentino. La prensa no informa sobre presidentes; reparte máscaras.
Una de las acusaciones más cutres fue la de que Florentino quiere periodistas que ayuden al Real Madrid. No. La prensa no está para ayudar al Madrid. Correcto. Tampoco está para perjudicarlo. Tampoco está para sembrar sospechas sobre la salud de su presidente, manipular frases, recortar contexto, convertir medias verdades en titulares o fingir neutralidad mientras opera como parte. Nadie exige palmeros. Se exige algo bastante más revolucionario: que hagan su trabajo sin comportarse como hooligans con nómina. No era una petición de ayuda. Era una declaración de independencia frente a una casta acostumbrada a confundir información con derecho de pernada.

No es nuevo. La prensa deportiva española ya perdió los nervios con Mourinho por la misma razón profunda: porque no bailaba a su música. No le perdonaron que cerrara filtraciones, que redujera el contacto con el vestuario, que despreciara el compadreo y que tratara a determinados periodistas no como notarios del fútbol, sino como actores interesados dentro del conflicto. Aquella etapa fue una escuela de lo que vendría después: titulares envenenados, libros de ajuste de cuentas, insinuaciones personales, persecución familiar, demandas judiciales y un odio apenas disimulado hacia cualquiera que negara a la prensa su ración diaria de influencia.
Mourinho podía equivocarse, exagerar y convertir cada rueda de prensa en una batalla napoleónica de bolsillo; pero entendió algo esencial: en el Madrid, una parte del periodismo no informa desde fuera, intenta gobernar desde dentro. Y eso no se lo perdonan ni a un entrenador ni a un presidente. No soportan al que no regala entrevistas, no ofrece exclusivas, no filtra alineaciones, no reparte entradas, no invita al palco y no acepta que el periodista sea un pequeño virrey sentado sobre la actualidad del club. Por eso temen tanto su regreso: no porque Mourinho sea el pasado, sino porque les recuerda un futuro en el que el Madrid podría volver a cerrarles la puerta en la cara.
Y aquí entra la gran farsa de la transparencia. Algunos compararon los supuestos pagos de LaLiga a medios con periodistas que colaboran en Real Madrid Televisión. Como comparación es una estupidez con pretensiones de argumento. Real Madrid TV se llama Real Madrid TV. No se llama Instituto Universal de Neutralidad Informativa. Quien aparece allí da la cara, cobra de un medio de club y todo el mundo sabe desde dónde habla. Lo otro, si existe bajo contratos, campañas, publicidad institucional o conceptos opacos de LaLiga, es muy distinto: hablamos del organismo que organiza la competición financiando relatos en el ecosistema mediático. Uno es propaganda visible. Lo otro puede ser influencia encubierta. Y los que no distinguen ambas cosas luego vienen a explicar la democracia, la libertad y la ética profesional con la solemnidad de un sacristán borracho.
También se insistió en que Florentino estaba viejo, perdido, errático, sin energía, falto de capacidad analítica. Nadie dijo “senil”, claro. Solo lo compararon con Biden, hablaron de deterioro, de falta de lucidez y de que el tiempo lo atrapa. No dijeron prostituta; dijeron mujer de moral distraída. El eufemismo no absuelve la intención. Se puede criticar una comparecencia sin deslizar diagnósticos clínicos desde una tertulia nocturna. Pero algunos periodistas, tan sensibles cuando se sienten señalados, han convertido la edad y la salud de Florentino en material de desgaste. Luego se ofenden cuando él responde desde las tripas.

Ese fue, quizá, el verdadero pecado. No que Florentino hablara mal. No que se equivocara en expresiones. No que fuera injusto en algún tramo. El pecado fue que apareció el hombre detrás del presidente: cansado, cabreado, vulnerable, orgulloso, contradictorio, convencido de tener razón y harto de recibir golpes sin contestar. Durante años lo han presentado como un poder frío, lejano, omnipotente, casi inhumano. Cuando bajó del Olimpo y habló como una persona, lo llamaron acabado.
Florentino no necesita ser absuelto. Tiene poder, muchísimo poder, y debe ser fiscalizado. Pero fiscalizar no es linchar. Informar no es manipular. Criticar no es fabricar un clima de acoso. Y defender la libertad de prensa no convierte a los periodistas en seres inmunes a la crítica.
La rueda de prensa fue mala televisión. El fondo fue otra cosa. Y por eso molesta tanto. Porque detrás del micrófono rebelde, los papeles desordenados y los gestos de viejo patrón harto había una verdad bastante sencilla: el Real Madrid pertenece a sus socios, el caso Negreira sigue sin explicación moral suficiente, LaLiga tiene demasiado que aclarar y una parte de la prensa deportiva española lleva años confundiendo periodismo con ajuste de cuentas.
La forma fue torpe; el escándalo, sin embargo, está en otra parte. Lo demás son papeles pegándose al micrófono.
Y Demóstenes, por supuesto, era de Móstoles.


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