
La libertad guiando al pueblo de Eugène Delacroix no es solo la representación de un episodio histórico concreto ni una simple alegoría patriótica. Su fuerza reside, más bien, en haber condensado en una sola imagen algunas de las tensiones fundamentales de la modernidad política. Aunque el cuadro remite de forma directa a la Revolución de Julio de 1830 y a la insurrección parisina contra Carlos X, su potencia simbólica ha terminado desbordando ese marco inmediato hasta convertirse en una imagen casi universal de la revolución moderna. Así lo confirma, además, el hecho de que incluso hoy siga siendo reapropiado como emblema de libertad, resistencia o unidad popular en contextos muy distintos del original.[1]
En este sentido, la obra puede leerse como una condensación visual de la promesa emancipadora de la modernidad. En ella comparecen ideas claramente ilustradas, como la libertad, la soberanía popular, la crítica del absolutismo y la centralidad de la razón humana en la organización del mundo político. Sin embargo, esas ideas ya no aparecen expresadas en el lenguaje sobrio del tratado filosófico o jurídico, sino traducidas a una forma romántica, es decir, al lenguaje del cuerpo, del mito, de la emoción, de la violencia y del drama histórico. Delacroix representa así una libertad que no se recibe ni se concede, sino que se arranca en medio del conflicto. Precisamente por ello, el cuadro no solo ilumina una coyuntura del siglo XIX, sino que también permite pensar las fracturas del presente europeo: la desafección democrática, la crisis de representación y el vaciamiento de los ideales emancipadores en nombre de los cuales siguen hablando los Estados y las instituciones.
Mi tesis es, por tanto, la siguiente: La libertad guiando al pueblo visualiza la modernidad revolucionaria como promesa universal de emancipación, pero al mismo tiempo deja ver sus límites internos, sus exclusiones y su coste histórico. Su grandeza consiste, justamente, en no ocultar esa contradicción.
1. 1830 y 1789: de episodio histórico a símbolo revolucionario
Desde el punto de vista histórico, el cuadro representa la Revolución de Julio de 1830, las llamadas Tres Gloriosas, que culminaron con la caída de Carlos X. Delacroix pinta una escena vinculada a la insurrección parisina contra unas ordenanzas autoritarias que suspendían libertades como la de prensa y reducían aún más el ya limitado espacio político de la sociedad francesa. La presencia al fondo de Notre Dame ancla la escena en París y refuerza su carácter históricamente concreto.[2]
Sin embargo, el cuadro no ha sido recibido únicamente como imagen de 1830. Durante mucho tiempo se ha tendido a identificarlo casi automáticamente con la Revolución francesa de 1789. Ese desplazamiento no es trivial: dice mucho sobre la capacidad de la obra para absorber y representar un imaginario revolucionario más amplio. Delacroix no pinta solo una barricada. Pinta una escena que logra condensar, en un mismo plano, memoria revolucionaria, mito nacional y promesa universal de emancipación. En otras palabras, convierte un hecho histórico concreto en una forma visual de la revolución como tal.
Esto explica también por qué la pintura ha seguido circulando hasta hoy como símbolo. Simon ha mostrado cómo, durante los atentados de París de 2015, la obra fue reutilizada en redes sociodigitales como una auténtica “fórmula visual”, capaz de resignificarse como emblema de libertad, libertad de expresión, unidad nacional o solidaridad con París según el contexto.[3] Su sentido cambia, pero su eficacia simbólica permanece.
2. La composición ascendente: del cadáver a la libertad
La estructura del cuadro es decisiva para entender su sentido. La composición organiza la escena desde los cuerpos caídos del primer plano hasta la figura de la Libertad, situada en el punto más alto del conjunto. No se trata solo de una solución estética eficaz, sino de una forma de construir significado. Los muertos forman la base material del nuevo orden. La historia asciende, sí, pero lo hace sobre cadáveres, humo y restos. La libertad no aparece al margen de la violencia, sino emergiendo de ella.
Asimismo, la disposición de los personajes permite leer la escena como una síntesis del pueblo en plural. En torno a la Libertad se agrupan figuras que suelen interpretarse como tipos sociales distintos: el obrero o trabajador, el burgués con sombrero de copa, el joven armado, el combatiente herido, la multitud del fondo. No se trata tanto de retratos individuales como de una condensación visual de posiciones históricas y sociales momentáneamente reunidas por la insurrección. La escena no representa solo un levantamiento; construye al pueblo como sujeto político colectivo.
Ahora bien, esa unidad no preexiste a la obra. No se trata de una unidad social espontánea y ya dada, sino de una unidad producida en la propia representación. Es la Libertad la que organiza esa pluralidad y la convierte en sujeto de la historia. Por ello, más que limitarse a ilustrar una revuelta popular, el cuadro visualiza una comunidad política en acto.
3. Ilustración: razón humana, ley y soberanía popular
El contenido político que organiza esa escena remite con claridad a la Ilustración. El módulo de Olesti caracteriza este periodo como culminación del proceso de racionalización inmanente de los asuntos humanos, marcado por la confianza en la razón, la crítica del absolutismo, la lucha contra la superstición y el paso del súbdito al ciudadano.[4] En ese marco, la política deja de descansar en el derecho divino o en la tradición intocable y pasa a concebirse como una construcción humana susceptible de reforma, crítica y transformación.
Los artículos de la Enciclopedia refuerzan esta lectura de manera precisa. En “Ley”, se afirma que la ley es “la razón humana en tanto gobierna a todos los pueblos de la tierra”, y se añade una formulación especialmente significativa para este cuadro: “Debe ser la ley y no el hombre quien reine”.[5] En “Soberanía”, se insiste en que la autoridad soberana deriva de los acuerdos constituyentes de la sociedad civil y que su finalidad es el bienestar de los pueblos y el ejercicio seguro de sus libertades.[6] Por su parte, “Libertad natural” recuerda que todos nacen libres y que nadie tiene sobre ellos un derecho de propiedad.[7]
En esta línea, la revuelta de julio puede leerse también como respuesta a una ruptura del vínculo de legitimidad entre poder y pueblo. Si, como señala la Enciclopedia, el fundamento legítimo de la soberanía reside en “el consentimiento o la voluntad de los pueblos”, entonces unas ordenanzas que suspenden libertades básicas no solo resultan opresivas, sino que erosionan la propia base de legitimidad del poder monárquico.[8]
Desde esta perspectiva, la insurrección de julio no aparece solo como estallido popular o reacción sentimental, sino también como respuesta a un poder que ha dejado de actuar conforme a la ley entendida como razón común y ha recaído en la arbitrariedad. Vista desde este marco ilustrado, la revuelta no es únicamente destrucción del orden, sino impugnación de un poder que ha dejado de ser legítimo.
Leído desde ahí, La libertad guiando al pueblo no solo representa una revuelta, sino un conjunto de ideas ilustradas en acción: la libertad como principio universal, la soberanía popular frente al absolutismo, el pueblo como fuente de legitimidad y la historia como campo abierto a la intervención humana. Delacroix convierte así en imagen aquello que la Ilustración había formulado en términos filosóficos y jurídicos.
No obstante, aquí conviene introducir una precisión importante. La libertad que emerge de estas revoluciones no coincide, al menos no en su sentido fuerte originario, con la noción contemporánea de libertad como mera ausencia de interferencia. Más bien remite a una libertad política y democrática: la capacidad de un pueblo para intervenir en la forma en que es gobernado. La escena de Delacroix no representa la libertad del propietario frente al Estado, sino la libertad del pueblo para irrumpir en la historia y disputar el poder. No estamos, por tanto, ante una libertad privada, sino ante una libertad colectiva, política y popular.
4. Romanticismo: emoción, cuerpo y dramatización de la historia
Sin embargo, sería un error leer el cuadro solo desde la Ilustración. Lo que hace de esta obra una pieza decisiva es precisamente la mediación romántica de esos ideales. El Romanticismo no aparece aquí como negación de la razón, sino como forma de intensificación histórica, afectiva y simbólica de ideas ilustradas.
La libertad no se representa mediante serenidad institucional, sino mediante energía corporal, movimiento y dramatismo. Hay humo, cuerpos tensionados, contrastes lumínicos, barro, torsos desnudos, muerte y avance. La historia no se presenta como evolución pacífica, sino como irrupción. El contenido sigue siendo político e ilustrado, pero la forma ya es plenamente romántica. Delacroix no abandona la libertad; la vuelve trágica, material y visible.
Por eso la oposición simple entre Ilustración y Romanticismo se revela aquí insuficiente. Más bien habría que decir que el Romanticismo dota de carne, pathos y espesor histórico a ideales que la Ilustración había formulado en el plano de la razón política. La libertad, en Delacroix, deja de ser solo un principio normativo y se convierte en experiencia vivida, con todo lo que eso implica de grandeza y de destrucción.
5. La traza idealista: la Idea encarnada
A partir de aquí puede entenderse mejor la pregunta por el idealismo. A mi juicio, sí hay una traza idealista en el cuadro, aunque no en un sentido escolar o abstracto. La historia representada no es mera sucesión de hechos empíricos. Lo que Delacroix hace es mostrar un principio universal encarnado en una figura visible. La Libertad no es una mujer concreta del París de 1830, sino la aparición sensible de una Idea política.
La escena no se reduce, por tanto, a ser una crónica de barricada. Se convierte en manifestación de un universal histórico. La estructura ascendente y casi piramidal del cuadro no reproduce simplemente el caos de la batalla, sino que lo organiza en una forma capaz de conferirle un sentido universal. La Idea no suprime la materialidad, pero la organiza. La libertad aparece, así, no solo como consigna ni como metáfora, sino como fuerza histórica capaz de arrastrar al pueblo.
6. La mujer como símbolo y la exclusión de las mujeres reales
Uno de los aspectos más potentes del cuadro es que esa Idea adopte forma femenina. La Libertad es mujer. Esto no resulta extraño si se piensa en la larga genealogía moderna de figuras femeninas alegóricas: Marianne en Francia, la República española o la Estatua de la Libertad en Estados Unidos responden a esa misma necesidad de dar cuerpo visible a principios abstractos como libertad, nación, república o patria.
Sin embargo, aquí se abre una contradicción fundamental. La mujer puede ocupar el centro simbólico del cuadro y encarnar la promesa universal de libertad, pero las mujeres reales permanecen excluidas del nuevo sujeto político que esa misma imagen pretende fundar. Precisamente por eso Mary Wollstonecraft resulta tan útil para esta lectura. En los fragmentos disponibles se recuerda que reclamó que las leyes del Estado acabaran con la subordinación de las mujeres, garantizaran una educación igualitaria y no las excluyeran de la vida política.[9] En ese sentido, su crítica no se dirige solo a una desigualdad jurídica concreta, sino también a una concepción de la mujer incompatible con la formación de sujetos racionales y autónomos. De ahí la fuerza de su afirmación de que el objetivo de la educación debe ser “conseguir carácter como ser humano, independientemente del sexo al que se pertenezca”.[10]
Así, la obra de Delacroix permite leer una ambivalencia central de la modernidad: la mujer es elevada a símbolo universal de la libertad al mismo tiempo que se mantiene al margen de su ejercicio efectivo. La modernidad política universaliza así a la mujer como imagen de la libertad, pero restringe a las mujeres reales el acceso pleno a la ciudadanía que ese símbolo proclama. La alegoría engrandece, pero también encubre. En este punto, el cuadro no solo celebra la emancipación, sino que deja ver uno de sus límites internos.
7. Libertad y violencia: una verdad incómoda de la historia
Otro aspecto que la pintura obliga a pensar es la relación entre libertad y violencia. El cuadro no presenta la libertad como concesión benevolente ni como simple maduración institucional. La bandera avanza sobre cadáveres. El fusil acompaña a la alegoría. La insurrección no es un accidente lateral a la política moderna, sino una de sus formas de constitución histórica.
No se trata de glorificar sin más la violencia, pero tampoco de falsificar la historia. Las libertades políticas fundamentales rara vez se han conquistado sin conflicto. Delacroix lo sabe y lo muestra. Su cuadro no ofrece una pedagogía reconciliadora, sino una imagen trágica y material de la emancipación: la libertad aparece como conquista, pero toda conquista deja restos, pérdidas y muertos. La alegoría guía, sí, pero no pisa un suelo inocente.
Queda así abierta una cuestión incómoda, pero central para la modernidad política: si la libertad se conquista históricamente en medio del conflicto, ¿hasta qué punto puede la violencia aparecer como instrumento de emancipación y no solo como su fracaso?
8. Delacroix y nuestro presente: crisis democrática y captura reaccionaria de la libertad
Precisamente por eso la obra sigue siendo actual. No porque podamos trasladar mecánicamente 1830 al presente, sino porque la distancia entre ideal y realidad vuelve hoy a hacerse visible. Las democracias europeas atraviesan una crisis profunda de representación, de confianza y de sentido. Crece la desafección hacia las élites políticas, se agranda la sensación de abandono ciudadano y la Unión Europea aparece con frecuencia, no como espacio de emancipación democrática, sino como estructura tecnocrática, disciplinaria y cada vez más separada de los pueblos en cuyo nombre actúa.
Aquí resulta sugerente la lectura contemporánea propuesta por Marina Garcés. La autora rechaza una comprensión simplista de la Ilustración como mera oposición entre razón y religión, y la reformula como combate contra la credulidad, es decir, contra toda delegación de la inteligencia y de la convicción en autoridades que se presentan como indiscutibles. En ese sentido, la emancipación no consiste solo en sustituir un poder por otro, sino en mantener abierta la posibilidad de someter cualquier saber o cualquier institución a examen crítico. Leído desde ahí, el cuadro de Delacroix no representa solo una revolución pasada, sino una exigencia todavía viva de emancipación intelectual y política.
Pero además hay otra cuestión decisiva. En el presente, el lenguaje de la libertad ha sido ampliamente capturado por discursos reaccionarios y libertarios que la reducen a privilegio privado, desregulación y rechazo de toda mediación colectiva. Esa libertad, invocada en nombre del individuo aislado o del propietario, se opone frontalmente a la libertad política y popular que todavía late en la escena de Delacroix. Frente a esa apropiación, el cuadro recuerda una noción muy distinta: la libertad como acción histórica del pueblo, como disputa por el poder y como construcción conflictiva de lo común.
En este punto, la obra ilumina una de las contradicciones centrales de las democracias europeas actuales. Persisten los emblemas de la libertad, de los derechos y de la soberanía popular, pero cada vez más vaciados de contenido material. El lenguaje emancipador subsiste, pero el cuerpo político que debería sostenerlo se debilita. El resultado es una crisis en la que la libertad sigue siendo invocada, pero ya no siempre en nombre de los pueblos, sino con frecuencia en nombre de minorías privilegiadas, de intereses oligárquicos o de proyectos abiertamente reaccionarios.
Conclusión
La libertad guiando al pueblo sigue siendo una obra mayor porque no se limita a celebrar una insurrección, sino que concentra en una sola escena la promesa y la fractura de la modernidad política. En ella convergen los ideales ilustrados de libertad, ley y soberanía popular; la sensibilidad romántica del cuerpo, la emoción y la violencia; una traza idealista que eleva el hecho histórico a la condición de Idea visible; y los límites concretos de la emancipación moderna, entre ellos la exclusión real de las mujeres del sujeto político que dice hablar en nombre de la libertad universal.
Delacroix no ofrece una imagen ingenua de la historia. Muestra que la libertad no se recibe ni se concede desde arriba, sino que se conquista en medio del conflicto. Pero muestra también que esa conquista nunca es plena, ni limpia, ni igual para todos. Tal vez por eso el cuadro sigue interpelándonos con tanta fuerza. Porque recuerda que ninguna libertad es irreversible y que, cuando el lenguaje de la emancipación sobrevive sin un verdadero cuerpo social y político que lo sostenga, la alegoría permanece, pero la promesa histórica se vacía.
“El objetivo de la educación es conseguir carácter como ser humano, independientemente del sexo al que se pertenezca.”
Mary Wollstonecraft
[1] Justine Simon, “#JeSuisCharlie & #PeaceForParis: Appropriation, Reformulation, and Circulation of ‘Liberty Leading the People’ on Socio-Digital Networks during the Paris Attacks,” Scripta 22, no. 45 (2018): 38-40.
[2] Simon, “#JeSuisCharlie & #PeaceForParis,” 39-40.
[3] Simon, “#JeSuisCharlie & #PeaceForParis,” 40-41.
[4] Josep Olesti Vila, La filosofía en la época de la Ilustración: de Voltaire a Kant (Barcelona: Universitat Oberta de Catalunya, s. f.), 7-8.
[5] Denis Diderot y Jean le Rond d’Alembert, “Ley,” en Artículos políticos de la Enciclopedia (Barcelona: Altaya, 1994), 106-108.
[6] Diderot y d’Alembert, “Soberanía,” en Artículos políticos de la Enciclopedia, 189-190.
[7] Diderot y d’Alembert, “Libertad natural,” en Artículos políticos de la Enciclopedia, 117-118.
[8] Diderot y d’Alembert, “Soberanía,” 193.
[9] Mary Wollstonecraft, Vindicación de los derechos de la mujer (Madrid: Cátedra, 1994), 2-3.
[10] Wollstonecraft, Vindicación de los derechos de la mujer, 3.
Bibliografía
Diderot, Denis, y Jean le Rond d’ALEMBERT. Artículos políticos de la Enciclopedia. Barcelona: Altaya, 1994.
Garcés, Marina. Nueva ilustración radical. Barcelona: Anagrama, 2017.
Olesti vila, Josep. La filosofía en la época de la Ilustración: de Voltaire a Kant. Barcelona: Universitat Oberta de Catalunya, s. f.
Simon, Justine. “#JeSuisCharlie & #PeaceForParis: Appropriation, Reformulation, and Circulation of ‘Liberty Leading the People’ on Socio-Digital Networks during the Paris Attacks.” Scripta 22, no. 45 (2018): 37-54.
Wollstonecraft, Mary. Vindicación de los derechos de la mujer. Madrid: Cátedra, 1994.
Musée du Louvre. Eugène Delacroix, La Liberté guidant le peuple. Musée du Louvre, París. https://www.louvre.fr/decouvrir/le-palais/quand-les-peintres-francais-voient-grand

- Contexto: UOC · Grado en Humanidades
- Asignatura: Filosofía Moderna
- Tipo: PEC | Reto
- Calificación: Excellente


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