Dos semanas en Marruecos: lo que se ve cuando uno cruza catorce kilómetros de mar

  • Capital | Rabat
  • Idioma | Árabe y tamazight (oficiales). En la calle, dariya. Francés muy extendido; español en el norte
  • Moneda | Dírham marroquí (MAD). Moneda cerrada: no se puede entrar ni sacar del país
  • Población | ~38 millones
  • Visado | No para España y UE: hasta 90 días con pasaporte
  • Enchufe | Tipos C y E, 220V / 50Hz. El mismo que en España: no hace falta adaptador
  • SIM/Internet | SIM local barata y fácil (Maroc Telecom, Orange, Inwi). 4G buena en ciudades y carretera
  • Seguridad | Segura para el viajero. Lo habitual son los timos y la insistencia comercial en zonas turísticas
  • Mejor época | Marzo–mayo y septiembre–noviembre. El verano es muy duro en el interior y el desierto

De las callejuelas de Fez a las dunas de Merzouga, pasando por el Rif que España bombardeó con gas, una Marrakech convertida en escaparate y un país que desde el otro lado del Estrecho preferimos no conocer.

Entre España y Marruecos hay catorce kilómetros de mar en el punto más estrecho. Menos de lo que separa Barcelona de Mataró.

Y sin embargo, pocas veces un país tan próximo ha sido tan sistemáticamente reducido a cuatro titulares.

He pasado dos semanas recorriéndolo: Tánger, Rabat, Casablanca, Fez, Chefchaouen, Volubilis, Meknes, la travesía del Atlas y el Sáhara hasta Marrakech, y una escapada a Essaouira en la costa atlántica.

He dormido en una jaima en el desierto, he montado en dromedario, he recorrido medinas de mil años, he visto ruinas romanas y algunas de las obras más extraordinarias de la arquitectura islámica. He comido mejor que en buena parte de mis viajes anteriores.

Pero lo que me llevo no es principalmente eso.

Lo que me llevo es la distancia entre el país que he recorrido y el país del que se habla en las tertulias españolas. Y la incomodidad de comprobar que buena parte de esa distancia la sostenemos nosotros.

También me llevo una pregunta que se me fue imponiendo de ciudad en ciudad, y que no es exactamente turística: a quién pertenece una ciudad cuando el turismo decide qué se vende en ella, a qué precio y a quién.

Vamos por partes.

Rabat: una capital que todavía pertenece a quien vive en ella

Rabat fue la primera sorpresa.

Su medina es preciosa, relativamente tranquila y, sobre todo, sigue pareciendo una parte de la ciudad destinada a sus propios habitantes. Los comercios venden lo que necesitan los residentes. Los turistas no monopolizan las calles. Nadie parece particularmente interesado en abordarte cada veinte metros.

Resulta agradable sentirse ignorado.

La Kasbah de los Udayas —callejuelas blancas y azules, jardines, vistas al Atlántico— es uno de esos lugares donde uno podría pasar la tarde entera sin hacer nada. La Torre Hassan y el Mausoleo de Mohammed V añaden la dimensión monumental.

Rabat tiene además una particularidad: es tan limpia y ordenada que por momentos resulta ligeramente artificial. Es la sensación habitual en capitales administrativas pequeñas, donde la condición de sede del poder impone un urbanismo más cuidado que el que recibe el resto del país.

Esa desigualdad no es un detalle estético. Es presupuesto.

Para quien busque vida nocturna, Rabat será aburrida. Para quien busque historia, arquitectura y una ciudad por la que caminar, me parece extraordinaria.

Donde empecé a entender la cocina marroquí

En Rabat descubrí que comer extraordinariamente bien no exige gastarse una fortuna.

El Moudden Bledi: un tajín espectacular a un precio casi ridículo. Taghazout, frecuentado por residentes tanto como por visitantes, con ese ambiente que se nota de inmediato cuando un local no está diseñado exclusivamente para extranjeros —llegamos tarde para su cuscús, que ya se había agotado, pero el tajín fue extraordinario. Café El Bahia, con su patio junto a la muralla, para un té al final del día. Café La Comedia para desayunar.

Arquitectura, tranquilidad, vida local y una gastronomía magnífica a precios razonables. Difícil de mejorar.

Casablanca: la ciudad que no se entrega a la primera

Mi primera impresión de Casablanca fue mala.

Más tráfico, más ruido, más aglomeraciones que en Rabat. Calles poco cuidadas y vehículos circulando entre los peatones —algo que se repetiría, con mucha mayor intensidad, en Marrakech. De la medina antigua recorrimos solo una parte pequeña, así que no la juzgo entera.

Pero Casablanca tenía dos sorpresas preparadas.

La primera, la Mezquita Hassan II. Construida parcialmente sobre el Atlántico, con un alminar de doscientos diez metros, es una obra arquitectónica espectacular: la escala, las proporciones, el trabajo artesanal de los interiores, el emplazamiento frente al océano. Justifica por sí sola la visita a la ciudad.

Conviene saber cómo se pagó: mediante una suscripción pública de la que participó buena parte de la población del país. Un gesto de devoción colectiva, visto desde una lectura. Visto desde otra, una contribución que no todo el mundo estaba en condiciones de decidir libremente. Las dos cosas pueden ser verdad a la vez, y la segunda no le quita un gramo de belleza al edificio.

Tuvimos además la suerte de dar con un guía excepcional, de los que no recitan fechas sino que explican técnicas constructivas y significados.

La segunda sorpresa fue Habous, la Medina Nueva: un barrio levantado durante el Protectorado francés que combina arquitectura tradicional marroquí con planificación colonial. Calles porticadas, patios, pequeños comercios. Aquí sí disfrutamos paseando.

Es un sitio curioso, Habous, si uno se para a pensarlo: una medina diseñada por urbanistas europeos para que pareciera una medina. Una idea francesa de Marruecos, construida en Marruecos, que hoy funciona como barrio marroquí perfectamente real.

Y aquí llegó por fin el cuscús, en Zayna Moroccan Taste: espectacular, con música tradicional en directo. Terminamos con dulces de la Pâtisserie Bennis.

Casablanca acabó gustándome mucho más de lo que anunciaban sus primeras horas. Es una ciudad que recompensa a quien le dedica tiempo.

Fez: una ciudad medieval que sigue siendo una ciudad

Si tuviera que elegir una sola ciudad de todo Marruecos, no tendría ninguna duda.

Fez, y con diferencia.

Cuatro noches en Riad 53, en el barrio de Batha, a las puertas de la medina.

Fez el-Bali es uno de los grandes conjuntos urbanos medievales del mundo islámico: un laberinto de callejuelas, mercados, talleres, madrasas y mezquitas donde la vida cotidiana continúa desarrollándose entre estructuras levantadas hace siglos.

Y eso es exactamente lo que más me impresionó.

No es un parque temático. No es una recreación. Es una ciudad viva, donde el comercio y la artesanía siguen teniendo sentido económico más allá del visitante.

Desde Bab Bou Jeloud, la Puerta Azul, fui descendiendo entre talleres, puestos de especias, vendedores de cuero y pequeños comercios. Visité la zona de Al Qarawiyyin, fundada en el año 859 por Fatima al-Fihri y vinculada a una de las tradiciones educativas continuadas más antiguas del mundo.

La pendiente contribuye a la experiencia: uno va bajando hacia el corazón de la medina y descubriendo plazas y pasajes que aparecen sin avisar.

Hasta que llega a las curtidurías de Chouara.

Chouara: trabajo, no decorado

Las curtidurías son una de esas imágenes vistas decenas de veces en fotografías que siguen impresionando en persona. Desde las terrazas se observan decenas de cubas donde los trabajadores procesan y tiñen pieles con técnicas que apenas han cambiado.

Hay una diferencia importante respecto a Instagram.

En las fotografías aparecen cubas de colores intensísimos —rojos, amarillos, azules— que convierten el conjunto en una paleta de pintor. El día de mi visita predominaban los marrones, los ocres y los blanquecinos.

La explicación es sencilla: son centros de producción, no decorados. Los colores dependen de la fase del trabajo y de los tintes en uso en cada momento.

Y después está el olor. Penetrante, difícil de olvidar, producto de los materiales tradicionales del curtido. Desagradable, sí, y también parte de conocer un oficio que ha sobrevivido siglos.

Lo fascinante es observar el trabajo: los movimientos de los curtidores, la organización de una actividad artesanal que todavía ocupa un lugar real en la economía de la ciudad. Lo que uno está mirando desde la terraza no es una postal. Son hombres metidos hasta el muslo en cal y excremento de paloma por un jornal.

Esa tarde terminé comiendo en The Ruined Garden, un descanso muy agradecido después de media medina.

Camello para cenar, y para comer al día siguiente

Fez me dio también las dos experiencias gastronómicas más curiosas del viaje: un tajín de camello en Olive y la famosa hamburguesa de camello de Café Clock.

Espectacular, la segunda.

Café Clock funciona además como algo más que un restaurante: ambiente cultural, buena arquitectura, público internacional. Un buen sitio para hacer una pausa entre visitas.

Una expedición literaria

Cerca del alojamiento encontré Librairie Kounouz Al Maarifa, una librería pequeña que recomiendo a quien busque literatura marroquí e historia del país.

Salí con dos adquisiciones.

Le Pain nu, de Mohamed Chukri, la edición francesa de El pan desnudo: una autobiografía durísima sobre el hambre, la marginalidad y la supervivencia en el Marruecos del siglo XX. Un libro que, por cierto, estuvo prohibido en el propio Marruecos durante años.

Y The Travels of Ibn Battutah, en la edición inglesa de Tim Mackintosh-Smith.

Difícil imaginar un recuerdo más apropiado. Ibn Battuta nació en Tánger, donde empezó mi recorrido, recorrió buena parte del mundo conocido durante casi treinta años y dictó el relato de sus viajes precisamente en Fez, en el siglo XIV. Llevarme ese libro desde esta ciudad, después de haber pisado algunos de los países que él visitó, tenía su gracia.

Fez me conquistó por todo ello. Volvería mañana.

Chefchaouen y el Rif: lo que no cuentan las fotos azules

Desde Fez hice la excursión a Chefchaouen, la ciudad azul de las montañas del Rif.

Es bonita, indudablemente: calles encaladas en distintos tonos de azul, escaleras, puertas decoradas, montañas alrededor. Muy fotogénica.

Conviene advertir algo: no toda Chefchaouen es azul, por mucho que las redes den esa impresión. Las fotografías se concentran en unas pocas calles especialmente cuidadas. Fuera de ellas hay barrios perfectamente convencionales. No le resta encanto; sirve para recordar que Instagram enseña una selección muy concreta de la realidad.

Ni siquiera el azul tiene una explicación única. Se le atribuyen orígenes diversos —desde la presencia judía en la ciudad hasta el repelente de mosquitos— y una buena parte del azul actual es repintado reciente, mantenido porque funciona. La tradición, también aquí, tiene algo de producto.

En La Paloma probé una sopa tradicional de legumbres de inspiración amazigh, con garbanzos y judías, y un tagra de pescado. Ambos excelentes.

La excursión merece la pena, aunque el trayecto desde Fez es largo y buena parte del día se va en carretera.

Y merece la pena sobre todo por otra razón.

El Rif, o el capítulo que en España no se estudia

El Rif no es un paisaje bonito con una ciudad azul dentro. Es una de las regiones con la historia más densa del Mediterráneo occidental, y una de las que más directamente nos interpela.

Aquí, en 1921, el ejército español sufrió en Annual la mayor derrota colonial de su historia: más de diez mil muertos en unos días, un desastre que sacudió los cimientos de la Restauración y abrió el camino a la dictadura de Primo de Rivera.

Aquí Abd el-Krim proclamó la República del Rif, una experiencia de autogobierno que combinó estructuras tribales amazigh con instituciones modernas y que mantuvo en jaque simultáneamente a dos imperios europeos.

Y aquí, entre 1923 y 1927, España empleó armas químicas contra la población civil rifeña. Gas mostaza, lanzado desde aviones sobre aldeas, mercados y zocos. Una de las primeras campañas de bombardeo químico de la historia, ejecutada contra civiles, con colaboración alemana en el suministro, y nunca reconocida oficialmente por ningún gobierno español.

Eso ocurrió a ciento cincuenta kilómetros de la costa andaluza. Hace un siglo. Y cualquiera que haya pasado por el sistema educativo español sabe que de Annual se habla —como desastre militar, como escándalo político, como el expediente Picasso— y que del gas no se habla prácticamente nunca.

No es un olvido inocente. Es la forma en que un Estado administra su propia memoria: convirtiendo una guerra colonial en una anécdota de incompetencia militar, y a las víctimas en paisaje.

Pasear por Chefchaouen sin saber nada de esto es perfectamente posible. Las montañas siguen siendo bonitas. Pero uno viaja también para enterarse de lo que no le contaron.

Meknes y Volubilis: valor histórico, sensaciones desiguales

Otra jornada para Meknes y Volubilis.

Meknes fue, probablemente, la ciudad que menos me impresionó. Después de Rabat y sobre todo de Fez, esperaba un conjunto monumental más impactante. La puerta Bab Mansour, las murallas y los espacios históricos de esta antigua capital imperial tienen valor indudable, pero el conjunto me dejó frío.

Volubilis tiene un interés histórico evidente. Las ruinas de esta ciudad romana, capital de la Mauretania Tingitana, permiten asomarse a una etapa de la historia norteafricana que suele quedar eclipsada por el relato de las grandes ciudades islámicas. Sus mosaicos, columnas y estructuras domésticas dan idea de la importancia que alcanzó.

Esperaba algo más de su conservación y su presentación. He visitado conjuntos romanos mejor cuidados, lo que no disminuye el valor del yacimiento ni el interés de recorrerlo en su contexto.

Hay una lectura incómoda en esa diferencia de conservación, y no depende de los marroquíes: el patrimonio que Europa financia y promociona en el sur suele ser el patrimonio en el que Europa se reconoce a sí misma. Un foro romano moviliza fondos y relatos que un ksar de tierra no moviliza.

El Atlas y el Sáhara: cuando el paisaje toma el mando

Después de varios días de ciudades llegó uno de los grandes capítulos: la ruta de tres días de Fez a Marrakech atravesando el Atlas y el desierto.

Y aquí reconozco algo: los paisajes están entre las grandes sorpresas de estas dos semanas.

Las montañas del Atlas son espectaculares. Carreteras que serpentean entre gargantas, acantilados, valles y oasis, con pequeñas poblaciones que aparecen en lugares imposibles. El paisaje cambia constantemente, de zonas boscosas a territorios áridos y formaciones rocosas de una belleza extraordinaria.

Son muchas horas de vehículo, pero en buena parte del recorrido basta mirar por la ventanilla.

Es además el tramo que permite acercarse a las comunidades amazigh de montaña: su arquitectura de tierra, la organización de los asentamientos, la importancia histórica de las rutas comerciales. Se entiende hasta qué punto el territorio ha condicionado la vida de esta gente, y hasta qué punto esa vida es un logro técnico y no un pintoresquismo.

Una noche en el Sáhara

La llegada a las dunas de Merzouga fue otro de los grandes momentos.

Hay algo fascinante en contemplar extensiones de arena que se pierden en el horizonte, con un paisaje aparentemente simple que cambia por completo según la luz. Monté en dromedario y dormí en una jaima.

La experiencia tiene una dimensión turística evidente, y eso no impide disfrutar del paisaje, del silencio y de la distancia.

Pero el desierto no es solo arena y fotos al atardecer.

Es un territorio habitado, atravesado durante siglos por rutas comerciales que conectaron el norte de África con el África subsahariana, con lenguas, tradiciones y formas de vida propias. Esas rutas movieron oro, sal, manuscritos y también esclavos; no es una historia idílica, es una historia real.

Desde Europa hablamos del Sáhara como si fuera un enorme espacio vacío. Ir hasta allí permite comprender que detrás del paisaje hay una historia humana extraordinariamente densa, y que lo de «vacío» siempre ha sido una conveniencia de quien quería cruzarlo, dibujarlo o repartírselo.

Aït Ben Haddou: arquitectura de tierra frente a la montaña

Camino de Marrakech visitamos Aït Ben Haddou.

Este ksar de tierra y adobe, levantado sobre una ladera junto al valle del Ounila, es uno de los ejemplos más impresionantes de la arquitectura tradicional presahariana. Las construcciones conservadas son en su mayoría de los últimos siglos, aunque responden a técnicas mucho más antiguas.

El conjunto es especialmente hermoso por cómo se integra en el paisaje. Es pequeño —un par de horas bastan— pero tiene muchísimo encanto.

La imagen de esas estructuras de tierra elevándose sobre el río y las montañas es de las que más recordaré.

Marrakech: cuando el turismo se come la ciudad

Y finalmente, Marrakech.

Mi valoración puede estar condicionada por el orden del viaje: después de Fez, Rabat, Casablanca y Chefchaouen, quizá era difícil que otra medina me sorprendiera igual.

Pero mis reservas van más allá de las expectativas.

Marrakech me pareció, con enorme diferencia, la ciudad más sometida al turismo de todas las que visité.

Y se nota en casi todo. Los comercios de la medina están orientados mucho más al visitante extranjero que al residente. Los restaurantes, los productos, las experiencias y los precios responden continuamente a la demanda turística. Encontré precios que cuadruplicaban los de Rabat o Fez.

Lo más desagradable no fue el precio. Fue la sensación de que, desde que llegas, demasiadas interacciones están condicionadas por la posibilidad de sacarte dinero.

En otras ciudades marroquíes había podido recorrer mercados, preguntar y comprar sin esa presión constante. En Marrakech la experiencia fue otra.

Y aquí hay que tener cuidado con dónde se pone la culpa.

Es muy fácil para un europeo quejarse de que le abordan por la calle. Es más incómodo preguntarse qué hace que una ciudad entera reoriente su economía hacia el bolsillo del visitante. Nadie decide individualmente convertir su tienda en una trampa para turistas. Lo decide una estructura: cuando el alquiler de un local en la medina se fija según lo que puede pagar un negocio orientado al extranjero, el comercio de barrio desaparece, y quien se queda tiene que sacarle a cada turista lo suficiente para pagar ese alquiler.

La insistencia comercial que me molestó es el síntoma. El mecanismo está en otro sitio.

Las motos

Hay una cuestión urbanística que merece crítica propia.

Me resulta incomprensible que en calles estrechas, llenas de peatones y comercios, se permita circular constantemente a motocicletas que obligan a todo el mundo a apartarse. A eso se suman carritos, vehículos de reparto y contenedores que convierten determinados recorridos en una experiencia estresante.

En Fez disfruté de las callejuelas porque podía caminar mirando los comercios y levantando la vista hacia los edificios. En Marrakech tuve que dedicar más atención a lo que venía por detrás que a lo que tenía delante.

Y es una pena. La belleza de una medina debería poder disfrutarse caminando, no esquivando vehículos.

Jemaa el-Fna: de la decepción a la indignación

La plaza Jemaa el-Fna fue mi mayor decepción.

Sé que es uno de los lugares más emblemáticos del país y que tiene un enorme valor cultural e histórico. Mi impresión fue muy negativa: masificada, sucia y dominada por una actividad comercial orientada en demasiados casos a explotar la curiosidad del visitante.

Y hay algo que me resultó directamente indignante: el uso de animales salvajes como entretenimiento.

Ver monos sujetos con cadenas al cuello para fotografías turísticas me parece una aberración. Lo mismo con los encantadores de serpientes, que mantienen cobras expuestas en plena plaza para atraer visitantes. Su pasividad me hizo preguntarme en qué condiciones estaban y qué métodos se emplean para mantenerlas así. No puedo afirmar que estuvieran sedadas, porque no tengo forma de comprobarlo. Lo que vi me bastó para considerar la práctica profundamente desagradable.

Los macacos de Berbería que acaban encadenados en esa plaza, por cierto, son una especie amenazada, y proceden en buena parte de capturas en los bosques del Atlas y del Rif.

Que algo se presente como tradición no significa que deba conservarse sin discusión. Y menos cuando implica sufrimiento animal y existe únicamente porque hay europeos dispuestos a pagar por la foto. Esa parte también nos corresponde: el espectáculo no sobrevive por tradición, sobrevive por demanda.

También hay otra Marrakech

Sería injusto cerrar sin reconocer lo que sí me gustó.

La ciudad tiene monumentos extraordinarios, jardines, palacios y una arquitectura que merece sobradamente la visita.

Y descubrí una cara completamente distinta en Guéliz, la zona moderna: restaurantes, bares, terrazas, tiendas y una oferta de ocio que no tiene mucho que envidiar a la de muchas capitales europeas. Después de tantos días de medinas, montañas y desierto, apetece una noche cosmopolita, unas cervezas y música.

Para viajeros jóvenes que busquen vida nocturna, Marrakech ofrece lo que difícilmente encontrarán en el resto del recorrido. Y para quien visite Marruecos por primera vez, sus monumentos y mercados resultarán mucho más sorprendentes que para alguien que llega después de recorrer medio país.

Pero para mí Marrakech es sobre todo una advertencia sobre lo que le ocurre a una ciudad cuando se organiza alrededor del turismo.

Essaouira: amor a primera vista junto al Atlántico

Y cuando creía que Marruecos ya no podía sorprenderme, llegó Essaouira.

Tardé quince minutos en enamorarme.

La antigua Mogador es una pequeña población atlántica con un carácter completamente distinto al de las ciudades imperiales. Fortificaciones, calles blancas y azules, puerto pesquero y una medina encantadora.

Conserva huellas de la presencia portuguesa, aunque su trazado actual debe mucho a su desarrollo como puerto fortificado en el siglo XVIII, cuando el sultán Sidi Mohammed ben Abdallah encargó el diseño a un ingeniero francés, Théodore Cornut. De ahí esa mezcla tan reconocible de arquitectura militar europea y ciudad marroquí.

Fue también, durante generaciones, uno de los grandes puertos comerciales del país y hogar de una importante comunidad judía marroquí, hoy casi desaparecida. Las murallas frente al océano, con sus viejos cañones y las olas rompiendo contra las rocas, son espectaculares.

Pero lo que más me gustó fue el ambiente: una personalidad artística y ligeramente alternativa que se percibe en galerías, talleres y cafeterías. Encontré allí los artículos artesanales más cuidados de todo el viaje —más piezas hechas con oficio que souvenirs producidos en serie.

El puerto mantiene una actividad pesquera muy visible, con sus barcas azules y el movimiento cotidiano de los trabajadores.

Y, como corresponde a una ciudad atlántica, comí pescado fresco. Seafood Corner: rape con arroz y verduras al azafrán, uno de los grandes recuerdos gastronómicos del viaje. Después de tantos tajines y platos de carne, fue la manera perfecta de cerrar.

Cuatro horas bastaron para descubrir su encanto y fueron absolutamente insuficientes para disfrutarla. Volvería a pasar varios días.

La gastronomía: uno de los grandes motivos para volver

Si algo tienen en común todas las ciudades que visité es la calidad de su comida.

He comido extraordinariamente bien durante prácticamente todo el viaje. Y no por elegir restaurantes caros: algunas de las mejores comidas fueron también las más baratas.

El tajín de El Moudden Bledi en Rabat. El cuscús de Zayna en Casablanca, con música en directo. La sopa de legumbres amazigh y el tagra de pescado de Chefchaouen. El tajín y la hamburguesa de camello en Fez. El rape con azafrán de Essaouira.

Más allá de los locales concretos: los tajines, con sus carnes, verduras y especias, fueron una constante. El cuscús, especialmente ligado a la tradición del viernes. La pastilla de pollo, esa combinación de masa crujiente, carne, especias y notas dulces.

Los desayunos merecerían artículo propio: panes recién hechos, masas tradicionales, miel, mermeladas. Los dulces de almendra, miel y agua de azahar.

Y el té de menta, omnipresente, servido en vasos pequeños con una ceremonia cotidiana que forma parte de la vida social del país. Empecé tomándolo azucarado, como se hace, y terminé pidiéndolo sin azúcar.

Pero hay algo que no esperaba: la calidad del café.

He viajado por bastantes países y pocas veces recuerdo haber tomado tantos cafés buenos de forma tan constante, desde cafeterías modernas hasta locales de barrio. Es uno de esos pequeños placeres que voy a echar de menos.

¿A quién pertenece una medina?

Después de recorrer tantas ciudades marroquíes terminé preguntándome qué distingue a una medina agradable de otra agotadora.

No es la limpieza, ni la antigüedad, ni la belleza arquitectónica.

La diferencia fundamental es si la ciudad sigue perteneciendo a quienes viven en ella o si ha empezado a convertirse en un escenario para quienes la visitan.

En Rabat paseé por un barrio donde el turista era un visitante más, prácticamente irrelevante para la vida cotidiana. En Fez encontré una ciudad medieval cuya actividad comercial y artesanal sigue teniendo sentido más allá del turismo. En Essaouira, una combinación de patrimonio, pesca y ambiente cultural.

En Marrakech tuve demasiadas veces la sensación de que el visitante se había convertido en el centro de todo.

Y conviene ser preciso sobre qué significa eso, porque «turistificación» se ha convertido en una palabra que se usa para quejarse del vecino y no para señalar un mecanismo.

El mecanismo es el siguiente. Cuando una ciudad se vuelve rentable para el visitante extranjero, el suelo y los locales se revalorizan según lo que puede pagar un negocio turístico, no según lo que puede pagar un panadero. Los riads se compran, se reforman y se convierten en alojamiento. Las familias se desplazan hacia la periferia. El comercio de proximidad desaparece porque no compite con una tienda de babuchas. Y el empleo que queda —camarero, guía, porteador, limpiador, vendedor— es el peor pagado y el más estacional de toda la cadena, mientras el margen se lo llevan los propietarios, las plataformas de reserva, las grandes cadenas y los intermediarios, muchos de ellos no marroquíes.

Eso no es una maldición cultural ni un defecto nacional. Es la forma concreta que adopta una economía cuando su sector más dinámico consiste en vender su propio país al visitante, mientras una buena parte de los ingresos sale por donde entró.

Lo que yo viví como incomodidad —la insistencia, los precios, la sensación de ser una cartera con piernas— es la versión blanda del problema. La versión dura la viven los que ya no pueden permitirse vivir donde nacieron.

No se trata de idealizar la pobreza, ni de exigir que las ciudades permanezcan congeladas, ni de negar a nadie el derecho a beneficiarse económicamente del turismo. El turismo genera empleo y puede contribuir a conservar el patrimonio.

La cuestión es qué tipo de turismo, quién se queda los beneficios y qué le ocurre mientras tanto a la vida cotidiana de los residentes.

Una ciudad no debería convertirse en un decorado, ni sus habitantes verse obligados a transformar cada interacción con un visitante en una transacción. Cuando eso ocurre se pierde algo que ningún monumento restaurado sustituye.

Y conviene decirlo sin coartadas: yo también era turista. Dormí en un riad, pagué guías, compré artesanía y contribuí a los precios de los que me quejo. Escribir esto no me pone fuera del problema. Como mucho me obliga a elegir mejor dónde dejo el dinero y a no confundir mi comodidad con un criterio moral.

España y Marruecos: catorce kilómetros y un océano de desconocimiento

Pero lo más importante que me llevo de estas dos semanas no son los monumentos, los paisajes ni la comida.

Es todo lo que he aprendido sobre la historia y la diversidad de Marruecos. Y lo poco que sabía antes de llegar.

Desde España hablamos de Marruecos como si fuera una realidad homogénea. Un país vecino del que demasiadas veces conocemos únicamente una sucesión de tópicos.

Recorrerlo enseña otra cosa.

La historia marroquí no empieza ni termina con sus dinastías, sus ciudades imperiales o sus relaciones con Europa. Está en los pueblos amazigh, cuyas lenguas, tradiciones y formas de organización social han configurado el país —y cuya lengua, el tamazight, solo fue reconocida como oficial en 2011, después de décadas de marginación institucional. Está en el Rif, con su personalidad histórica propia y su relación con España escrita en gas mostaza. Está en las montañas del Atlas, donde la arquitectura y la agricultura reflejan siglos de adaptación a territorios difíciles. Está en las comunidades del desierto, herederas de las rutas que conectaron el Magreb con el África subsahariana.

Está también en el legado romano de Volubilis, en la historia de las comunidades judías marroquíes, en las influencias andalusíes, en los intercambios que han atravesado el Mediterráneo durante siglos.

Marruecos no es una cultura única, inmóvil ni encerrada en sí misma. Es el resultado de encuentros, conflictos, migraciones e influencias.

Y conocer esa realidad resulta especialmente importante siendo español.

Porque hay algo que me ha acompañado durante todo el viaje: la distancia entre el Marruecos que he recorrido y el Marruecos que aparece en el debate público español.

Allí, Marruecos y los marroquíes aparecen reducidos a cuestiones migratorias, problemas de seguridad o choques culturales. Se habla de casi cuarenta millones de personas como si fueran un bloque uniforme. Se fabrican categorías —«menas»— cuya única función es deshumanizar a niños. Se convierte una crisis diplomática en una amenaza existencial. Y la extrema derecha ha construido buena parte de su discurso sobre el miedo a un país que está a catorce kilómetros y que la mayoría de quienes lo temen no ha pisado jamás.

Eso no es ignorancia espontánea. La ignorancia espontánea no se organiza en campañas, ni se reparte en tertulias a la misma hora todos los días, ni resulta tan rentable electoralmente.

No se trata de idealizar Marruecos ni de negar sus problemas económicos, políticos o sociales. Precisamente viajar sirve también para observar contradicciones, desigualdades y realidades incómodas. Una cosa es analizar críticamente un país y otra muy distinta reducirlo a una colección de estereotipos.

Durante estas semanas he conocido ciudades extraordinarias, paisajes impresionantes y formas de vida muy distintas entre sí. He aprendido sobre la historia amazigh, sobre el Rif, sobre las rutas del desierto y sobre lo que España hizo al otro lado del Estrecho y después decidió no recordar.

Y he comprobado, una vez más, algo que me parece fundamental: viajar es una de las mejores maneras de desmontar los prejuicios que otros construyen sobre pueblos que apenas conocen.

Catorce kilómetros de mar.

Y a veces parece que nos separan océanos de desconocimiento. No es casualidad: a alguien le conviene que así siga siendo.

Mi clasificación personal

1. Fez. Una maravilla histórica. Su medina medieval, sus calles en pendiente, sus talleres y las curtidurías de Chouara la convierten en mi favorita indiscutible.

2. Rabat. Elegante, tranquila, monumental y agradable. Una ciudad que parece pensada para vivir, no para ser visitada.

3. Essaouira. La gran sorpresa. Pequeña, marinera, artística y encantadora. Me habría quedado mucho más tiempo.

4. Marrakech. Monumental y con una oferta de ocio extraordinaria, pero excesivamente turística, cara y agotadora en buena parte de su medina.

5. Casablanca. Una ciudad de contrastes, con una medina antigua que no terminó de convencerme y dos grandes razones para visitarla: la Mezquita Hassan II y el barrio de Habous.

No incluyo Chefchaouen, Meknes, Volubilis ni Aït Ben Haddou: sería injusto comparar poblaciones pequeñas y yacimientos con grandes ciudades. Cada uno merece valorarse por lo suyo.

Mucho más que sus ciudades imperiales

Si algo he aprendido en estas dos semanas es que Marruecos no se reduce a sus medinas, por extraordinarias que sean.

Está también en las montañas del Atlas, en las gargantas, en los pueblos de arquitectura de tierra, en los oasis y en el silencio de las dunas. En sus pescadores atlánticos, sus artesanos del cuero, sus mercados cotidianos y las cafeterías donde siempre parece haber tiempo para un té. En la cultura amazigh, en las tradiciones rifeñas, en la vida de las comunidades de montaña y en la historia de los pueblos del desierto.

Y está en sus contradicciones: la presión turística, la desigualdad entre ciudades, el estado desigual del patrimonio, la convivencia entre tradiciones antiguas y una sociedad que cambia deprisa.

Me llevo fotografías, vídeos, libros y bastantes recuerdos. Sobre todo me llevo una impresión mucho más compleja de la que tenía antes de llegar.

Si tuviera que resumir el viaje en una idea, sería esta:

Marruecos me ha gustado más cuanto menos he sentido que visitaba un destino turístico y más he sentido que descubría un país.

Porque los mejores viajes no son los que acumulan más monumentos, sino los que permiten observar y comprender algo de la vida que continúa cuando nosotros nos marchamos.

Y porque viajar, hecho con curiosidad y sin prisa, no sirve solo para descubrir otros lugares.

Sirve sobre todo para cuestionar lo que creíamos saber sobre quienes viven en ellos.

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