La España de los nabos vuelve a por el Madrid

El usuario de X, @YasujiroOficial lo advertío al comienzo de la campaña electoral con uno de esos memes que valen más que cien artículos: Don Vito Corleone mirando a Michael, diciéndole algo así como que el candidato que llevara a Iker Casillas en su candidatura era el traidor. Anoche se confirmó. Y cuando se confirmó, todo encajó con esa precisión incómoda que tienen las cosas que uno ya sabía pero esperaba equivocarse.

La nerviosera en redes. El intento sistemático de desacreditar cualquier crítica como si saliera de una granja de bots del palco. La necesidad compulsiva de señalar al que molesta antes de que el relato cale. Porque lo que se está construyendo alrededor de Enrique Riquelme no es una candidatura alternativa al Real Madrid. Es otra cosa. Mucho más vieja. Mucho más reconocible. Mucho más peligrosa.

Es una coalición del rencor.

Una reunión de antiguos nombres ilustres, de leyendas mal digeridas, de empleados históricos del club que un día confundieron su salida del Real Madrid con una ofensa personal de Florentino Pérez y, desde entonces, han vivido instalados en esa mezcla tan española y tan nuestra de agravio, vanidad herida y necesidad imperiosa de reconocimiento público. Fernando Hierro. Raúl. Iker Casillas. Vicente del Bosque. Cuatro nombres que la prensa vende como madridismo en estado puro. Cuatro nombres que muchos jóvenes solo conocen por vídeos, homenajes y documentales convenientemente desinfectados. Cuatro nombres que, sin embargo, representan una forma de entender el Madrid que ya conocemos demasiado bien: el Madrid de vestuario cerrado, prensa amiga, selección por encima del club, españolismo de salón y rencor hacia Florentino disfrazado de amor al escudo.

Si alguien quiere entender de dónde viene esta guerra interna, ya lo expliqué en dos artículos anteriores: en «Demóstenes era de Móstoles» analicé el papel de la prensa como aparato de presión contra el presidente; en «Florentino o el cortijo» desmonté la operación política, mediática y sentimental que se está montando contra el club. Este texto es el tercer capítulo. El de los nombres propios. El de la restauración. El de quienes quieren devolver al Real Madrid a una España pequeña, manejable, domesticada y provinciana.

Porque esa es la clave de todo esto: no quieren recuperar el Real Madrid. Quieren empequeñecerlo.

Banderas de España en las gradas del estadio Santiago Bernabéu
Al Madrid, España le queda pequeña. La candidatura de Riquelme y la prensa añoran los tiempos donde la rojigualda se exhibía en el Bernabéu y en la camiseta.

«Españolizar» el Real Madrid: la palabra que delata el proyecto

Hay palabras que son programas políticos disfrazados de sentimientos. «Españolizar» el Real Madrid es una de ellas. Cada vez que alguien la pronuncia está confesando, sin saberlo o sin importarle, mucho más de lo que cree. No está hablando de cantera. No está hablando de identidad. No está hablando de ninguna pureza futbolística que solo existe en la cabeza de quienes siguen creyendo que el fútbol moderno se arregla con himnos, banderas y cuatro tertulianos nostálgicos gritando alrededor de una mesa de madera noble.

«Españolizar» el Real Madrid significa devolver el club a un marco mental más pequeño. Significa volver a un vestuario donde el DNI pese más que la excelencia. Significa entregar parcelas de poder a jugadores nacionales convertidos en tótems intocables. Significa reconciliarse con una prensa que siempre quiso entrar en el club como si aquello fuera su despacho. Significa subordinar el Madrid a los intereses emocionales de la selección española. Significa volver al relato de «los nuestros», como si el Madrid se hubiera hecho grande por mirar hacia dentro y no hacia el mundo entero.

Pero el Real Madrid no se hizo grande mirando hacia dentro.

Santiago Bernabéu no construyó el mayor club de la historia fichando al primo de Cuenca porque sentía los colores. Lo construyó trayendo a Di Stéfano, Puskás, Kopa, Santamaría y todo aquel capaz de elevar al club a otra dimensión. Florentino Pérez hizo exactamente lo mismo: Figo, Zidane, Ronaldo, Beckham, Cristiano, Benzema, Modric, Kroos, Bale, Courtois, Vinícius, Bellingham. El Madrid no es grande porque sea español. El Madrid es grande porque es universal. Y eso es exactamente lo que algunos no soportan.

La España paleta —esa España que convierte todo en cortijo, que necesita que sus instituciones quepan en el marco de sus tertulias y sus nostalgias— no soporta que el Real Madrid sea más grande que su relato. No soporta que el club no necesite pedir permiso. No soporta que la camiseta blanca sea ya una bandera global que no precisa añadidos patrióticos para explicar lo que es. La rojigualda no le da grandeza al Real Madrid. Al contrario: le queda pequeña. Como le quedaría pequeña cualquier bandera nacional. La camiseta blanca no representa una nación. Representa una idea: ganar, competir, no rendirse y no pedir permiso.

Por eso la palabra «españolizar» delata tanto. Porque no es una propuesta deportiva. Es una nostalgia de control vestida con ropa de sentimiento.

José Mourinho fue de los primeros en denunciar al enemigo interno, «hay Madridistas disfrazados» nos aviso hace ya casi 15 años.

Madridistas disfrazados: empleados, leyendas y otras confusiones

José Mourinho acuñó una expresión que con los años se ha revelado como una radiografía clínica: «madridistas disfrazados». No se refería al madridista crítico, que existe, que debe existir y que forma parte de cualquier club vivo. Se refería a otra figura. Al que vive del Madrid pero no defiende al Madrid. Al que usa el escudo como currículum pero se alinea sistemáticamente con quienes quieren dañar al club. Al que se pone solemne para hablar de señorío pero siempre termina siendo comprensivo con el rival, con la prensa, con la federación, con LaLiga, con el Barcelona, con cualquier poder externo que quiera meter mano en el Real Madrid.

El madridista disfrazado es una figura muy española. Muy de aquí. Muy de quedar bien con todos salvo con los tuyos.

Esta candidatura está empezando a parecer su convención nacional.

Conviene decirlo con claridad antes de que los guardianes de la lágrima activen la maquinaria emocional de costumbre: haber jugado en el Real Madrid no te convierte necesariamente en madridista. Haber ganado títulos en el Real Madrid tampoco. Haber sido empleado, leyenda o capitán del club no te concede bula eterna para hacer cualquier cosa contra la institución. El Real Madrid no es una ONG emocional para exjugadores con heridas narcisistas. Puedes salir mal de un club. Puedes estar enemistado con un presidente. Puedes incluso detestarlo. La vida es así. Pero lo que no puedes hacer es confundir tu rencor personal con el interés del Real Madrid.

El club está por encima de Florentino.

Pero también está por encima de Raúl, de Casillas, de Hierro y de Del Bosque. Y esto último, curiosamente, es lo que a algunos se les olvida con demasiada facilidad y demasiada conveniencia.

Fernando Hierro junto a Florentino Pérez
Florentino Pérez a Hierro, en ‘el motín del Txistu’: «No me des con el dedito, que yo no soy un árbitro»

Fernando Hierro: el vestuario como poder paralelo

Fernando Hierro representa una forma de entender el vestuario que el Real Madrid moderno no puede permitirse: el vestuario como poder paralelo, como cámara de presión, como sindicato de jerarquías internas donde manda quien más títulos tiene en el cajón. El vestuario como un Estado dentro del Estado.

El episodio de 2003 —el famoso motín del Txistu— no fue una simple anécdota de fin de temporada. Fue una fotografía de grupo bastante desagradable: un vestuario que se creía con derecho a plantarle cara al club porque venía de ganar, porque tenía peso interno y porque consideraba que la institución debía adaptarse a sus humores. Aquel Madrid había ganado dos Champions en 1998 y 2000. Había futbolistas españoles con enorme gravedad propia. Había un entrenador, Vicente del Bosque, más cercano al ecosistema del vestuario que a cualquier idea de autoridad moderna. Y había una política deportiva nueva que a muchos les ardía: fichar a los mejores del mundo aunque eso desplazara a los españoles.

Ronaldo desplazó a Morientes. Beckham simbolizó otra dimensión global del club. Figo ya había abierto la puerta; Zidane la había convertido en avenida. El Madrid dejaba de ser un gran club español para convertirse en una marca planetaria. Y algunos no lo aceptaron. No era una discusión deportiva: era una disputa de poder. ¿Quién mandaba en el Real Madrid? ¿El club o el vestuario? ¿La institución o los pesos pesados? ¿El proyecto global o la vieja guardia nacional?

Florentino eligió el club. Y acertó.

Porque el Real Madrid que vino después, con todos sus errores y contradicciones, es el que terminó conquistando una segunda edad dorada: seis Champions en diez años, el Madrid de Cristiano, Modric, Kroos, Benzema, Casemiro, Vinícius. Un Madrid mestizo, global, antiprovinciano, donde el pasaporte no era un mérito ni una coartada. Lo contrario exacto de lo que ahora nos venden bajo la palabra «españolizar».

Hierro no es solo Hierro. Hierro es un símbolo. El símbolo de un vestuario que quiso discutirle el poder a la institución. El símbolo de esa mentalidad que cree que el club debe estar al servicio de sus jerarquías internas. Cuando se invoca su nombre como reclamo electoral no vuelve la gloria. Vuelve una forma de mandar.

Raúl y Carles Puyol
El bienquedismo de Raúl, sobretodo hacia el Barcelona, siempre fue difícil de digerir por parte del Madridismo.

Raúl: el bienqueda como programa político

Raúl González Blanco es el caso más delicado, porque toca fibras sentimentales muy profundas. Para muchos madridistas fue infancia, adolescencia, goles, épica, brazalete y noches europeas que aún duelen de emoción si uno las recuerda bien. Nadie necesita reescribir lo que Raúl fue como futbolista del Real Madrid. Sería absurdo. Y además innecesario.

El problema no es lo que Raúl fue. El problema es lo que Raúl representa después.

Raúl ha terminado encarnando una figura muy útil para el sistema futbolístico español: el madridista domesticado. El madridista que no molesta demasiado. El madridista razonable. El madridista que cae bien al rival, que puede ser invitado a cualquier mesa porque nunca va a romper la vajilla, que habla el idioma de la institución pero no el idioma del madridismo. Y el Madrid no se hizo grande con gente que caía bien. El Madrid se hizo grande siendo insoportable para quienes querían verlo reducido.

Después de salir del Real Madrid, Raúl trabajó para Javier Tebas. Curiosa estación de servicio para tantas leyendas heridas: salir del Madrid y acabar orbitando alrededor de uno de los grandes enemigos institucionales del club. Hay quien cuando cuelga las botas monta una escuela de fútbol, un restaurante o una fundación. Otros descubren una vocación tardía por trabajar cerca de quienes llevan años atacando al Real Madrid. Qué grandes las casualidades cuando uno decide no llamar a las cosas por su nombre.

Luego está su relación con el Barcelona. Los guiños. Las declaraciones. La disponibilidad ambigua. Esa alegría pública por éxitos europeos del Barcelona que a muchos madridistas resultó difícil de digerir. No se pide odio infantil. No se exige que un exjugador viva como un hooligan de barra de bar. Se pide que una leyenda del Real Madrid no se comporte como si el Barcelona fuera simplemente otro gran club español. No lo es. Es el rival histórico. El club que construyó buena parte de su identidad contra el Real Madrid. El club que durante años pagó al vicepresidente de los árbitros. Pequeño detalle que los notarios del relato siguen tratando como si fuera una invención paranoica de cuatro madridistas con demasiado tiempo libre.

Por eso muchos madridistas conectaron más emocionalmente con Guti que con Raúl, aunque Raúl fuera más constante y más goleador. Porque Guti tenía (y tiene) algo que no se entrena: madridismo sin diplomacia. Guti quería (y quiere) que el Barcelona perdiera hasta a las canicas. En el idioma sentimental del fútbol, eso se entiende bastante mejor que tanta equidistancia de salón.

Raúl fue una leyenda como jugador. Pero una leyenda no puede vivir eternamente de la memoria si sus actos posteriores van en dirección contraria a lo que esa memoria significa. Ahora aparece vinculado al proyecto Riquelme no como símbolo decorativo sino como pieza de restauración, como regreso de una idea de club donde las viejas glorias vuelven no para servir al Madrid sino para ajustar cuentas con quien no les entregó el trono. Eso no es madridismo. Eso es revancha.

Iker Casillas y Xavi Hernández con el trofeo de la Eurocopa 2012
El Topo Casillas ha seguido haciendo daño a su propia imagen y al Madrid incluso después de colgar los guantes.

Iker Casillas: el Topo y la selección por encima del Madrid

Iker Casillas fue un portero legendario. Uno de los mejores de la historia del Real Madrid. Uno de los grandes porteros de la historia del fútbol. Esto conviene decirlo pronto y decirlo sin dudar, precisamente para que nadie confunda la crítica que sigue con una negación de lo que las manos de Casillas valieron durante años.

Nadie discute sus paradas. Se discute su capitanía.

El Madrid de Mourinho llegó para romper una dinámica insoportable. El Barcelona dominaba España. Dominaba el relato. Dominaba la estética. Dominaba la moral pública. Dominaba el arbitraje con una comodidad que ahora, después del caso Negreira, algunos siguen pretendiendo tratar como si fuera una fantasía conspiranoica de cuatro madridistas con demasiado tiempo libre. Mourinho llegó para decir que el emperador iba desnudo, aunque el emperador se paseara cargado de rondos, de UNICEF y de árbitros con una facilidad pasmosa para ver agresiones donde había teatro. El Real Madrid necesitaba un capitán que defendiera al club.

Casillas prefirió defender la paz de la selección.

La famosa llamada a Xavi no fue un gesto de madurez. Fue una rendición simbólica. Un capitán del Real Madrid pidiendo perdón al rival en plena batalla, sin mandato del vestuario, sin defensa pública de sus compañeros, sin entender que el problema no era la tensión entre futbolistas de la selección. El problema era que el Madrid estaba siendo triturado en un ecosistema donde el Barcelona jugaba con ventaja deportiva, arbitral y narrativa, mientras la prensa presentaba al equipo de Mourinho como el bruto que no sabía perder. ¿Perdón por qué? ¿Por competir? ¿Por protestar? ¿Por negarnos a interpretar el papel del malo en una película escrita por otros?

Aquella fractura cambió muchas cosas. Para una parte enorme del madridismo, la selección española dejó de ser una extensión natural de la identidad futbolística propia. Desde 2010, muchos madridistas empezamos a mirar la selección con distancia, incluso con rechazo. No por España. No por la bandera. Sino porque la selección se convirtió en el espacio donde el madridismo competitivo era tratado como un problema a gestionar. Arbeloa fue señalado. Xabi Alonso fue incómodo. Mourinho fue demonizado. El Real Madrid tenía que agachar la cabeza para que la convivencia con los jugadores del Barcelona no se rompiera.

Así fue como muchos madridistas encontramos nuestras selecciones afectivas en otra parte. Fuimos de Portugal por Cristiano. De Francia por Zidane y luego por Benzema. De Alemania por Kroos. De Brasil por Vinícius. De Turquía por Arda Güler. Porque esas selecciones conectaban con algo que la española nos había arrebatado: la sensación de que el Madrid no tenía que pedir perdón por existir.

Casillas, además, no se limitó a aquello. Vinieron las filtraciones, los periodistas amigos, el deterioro de la autoridad interna, la guerra con Mourinho, la fractura del vestuario y esa pose de víctima permanente que tanto gusta en la España mediática. Vino trabajar con Javier Tebas. Vino colaborar con Gerard Piqué en la Kings League. Vino reírle las gracias al mismo ecosistema que lleva años burlándose del Real Madrid.

Gran portero. Mal capitán. Leyenda del club. Empleado del club.

Y Topo. No como insulto de patio de colegio, sino como categoría política dentro del madridismo contemporáneo: el que convierte el vestuario en plató, el que confunde liderazgo con quedar bien, el que antepone su imagen pública a la defensa del club, el que filtra, pacta, sonríe y luego se sorprende de que una parte del madridismo no olvide. Que ahora Casillas aparezca en el entorno de Riquelme no es una anécdota. Es una declaración de intenciones.

Vicente del Bosque, exseleccionador de España
El Marques del Nabo representa todo lo que esta mal y hace daño al Madrid desde el futbol español: resentido, vengativo, desagradecido, envidioso. Cada cual elige dónde está. Del Bosque lleva muchos años eligiendo no estar con el Real Madrid.

Vicente del Bosque: el Marqués del Nabo y la España del «no pasa nada»

Vicente del Bosque es el más peligroso de todos porque viene envuelto en papel de regalo institucional. El hombre sereno. El hombre educado. El seleccionador campeón del mundo. El rostro amable de una España que siempre encuentra una medalla, una peineta o un título nobiliario para premiar a quien mejor representa su idea de normalidad: Juan Carlos I lo nombró Marqués del Bosque en 2011, y el pueblo soberano de La Foz de Morcín le entregó el Nabo de Oro. El Marqués del Nabo. Casi parece escrito por Valle-Inclán en una tarde inspirada.

Detrás del personaje entrañable hay otra realidad más interesante.

Del Bosque estuvo en el Madrid del motín del Txistu. No supo, no quiso o no pudo controlar aquel vestuario. Fue parte de una etapa donde los pesos pesados nacionales se creyeron con derecho a condicionar el rumbo del club. Y cuando Florentino decidió que el club debía estar por encima del vestuario, Del Bosque salió. Hasta ahí, historia conocida. Lo que vino después es lo importante.

Del Bosque no ha tratado al Real Madrid como su casa. Lo ha tratado como una cuenta pendiente. Rechazó recoger la insignia de oro y brillantes del club. No acudió al funeral de Alfredo Di Stéfano. Sin embargo, acudió con puntualidad ejemplar a actos, premios y funerales vinculados a otros entornos, incluidos espacios donde el antimadridismo se mueve con mucha más comodidad que el madridismo. Cada cual elige dónde está. Del Bosque lleva muchos años eligiendo no estar con el Real Madrid.

Su papel en la selección completó el cuadro. La España campeona del mundo fue presentada como una Arcadia feliz de humildad y buen rollo. Pero bajo ese relato había una realidad más incómoda: la selección se convirtió en el espacio donde el Barcelona de Guardiola obtenía legitimación nacional y donde el Real Madrid de Mourinho era tratado como un cuerpo extraño. La paz de la selección exigía que Arbeloa fuera el molesto, que Casillas llamara a Xavi, que todos aceptáramos el cuento de que los buenos eran los que tocaban bonito y los malos los que protestaban. Del Bosque fue el administrador perfecto de ese cuento: con esa calma de funcionario satisfecho que tanto gusta en España cuando lo que se necesita no es calma sino justicia.

Y todavía hoy, cuando aparece el caso Negreira, Del Bosque suele elegir el lado de la anestesia. El lado del «no influyó». El lado del «habrían ganado igual». El lado de minimizar lo que para cualquier madridista debería ser un escándalo estructural. Ese es el papel histórico de Del Bosque desde que salió del club: no defender al Real Madrid, sino presentarse como una conciencia superior que siempre termina siendo comprensiva con todo lo que le perjudica.

Eso es el madridismo del Marqués del Nabo: un madridismo tan peculiar que casi siempre coincide exactamente con lo que diría un culé educado.

La prensa: el cuarto vestuario

Nada de esto se entiende sin la prensa deportiva española. La prensa no es un observador externo de esta guerra: es parte de la guerra. Es actor, aparato, altavoz, fábrica de legitimidad y máquina de presión. La prensa deportiva española necesita un Real Madrid dividible porque un Real Madrid dividido vende más, genera más tertulias, produce más ruido y mantiene a más gente en nómina emocional. Necesita viejas glorias resentidas porque producen nostalgia y conflicto a partes iguales. Necesita candidatos «jóvenes» que prometan restauraciones viejas. Necesita palabras como «españolizar», «recuperar», «devolver» o «sentimiento» porque esas palabras activan al socio emocionalmente mientras esconden el verdadero programa: que el club vuelva a ser penetrable, accesible, manejable.

Florentino les quitó poder. Esa es una de las grandes razones del odio. Florentino profesionalizó el club, blindó su independencia, redujo filtraciones, enfrentó a LaLiga, denunció el caso Negreira, desafió a la UEFA con la Superliga y convirtió al Real Madrid en una institución que no necesita pedir permiso a los intermediarios del relato. En España, eso es imperdonable.

La prensa no quiere un Real Madrid libre. Quiere un Real Madrid accesible. Un Madrid con puertas laterales. Un Madrid con capitanes que llamen a periodistas. Un Madrid con entrenadores débiles. Un Madrid con leyendas opinando desde dentro. Un Madrid donde el vestuario vuelva a ser fuente, facción y poder. Un Madrid donde cualquier decisión deportiva pueda discutirse en una tertulia antes de ejecutarse en el club.

Por eso Riquelme les resulta tan útil. Riquelme no es solo Riquelme: es el vehículo. El nombre joven que permite empaquetar una restauración vieja. La cara de renovación para vender el regreso de los mismos fantasmas de siempre. Hierro como vestuario. Raúl como bienquedismo. Casillas como filtración. Del Bosque como legitimación institucional. La prensa como aparato. Y todo ello envuelto en la palabra «madridismo», que en este contexto funciona como esas etiquetas de supermercado que ponen «artesano» a un producto fabricado en una nave industrial con más conservantes que dignidad.

Estadio Santiago Bernabéu durante el clásico de la temporada 2025-26
Un Madrid global, moderno, incómodo y ganador, o un Real Madrid domesticado para consumo interno de tertulianos, nostálgicos y viejas glorias con cuentas pendientes.

El Real Madrid no necesita terapia de exleyendas

El Real Madrid no necesita ser españolizado. No necesita ser devuelto a nadie. No necesita terapia grupal de exleyendas con cuentas pendientes. No necesita que quienes salieron mal vuelvan ahora como salvadores, con la prensa poniendo música épica de fondo y vendiendo la operación como si fuera una reconciliación familiar emotiva. El Madrid no es una familia. Es una institución. Y las instituciones sobreviven precisamente cuando no se dejan secuestrar por las emociones privadas de quienes un día fueron importantes.

El Madrid debe agradecer su historia. Pero no puede vivir arrodillado ante ella.

Raúl fue enorme. Casillas fue enorme. Hierro fue enorme. Del Bosque ganó títulos. Todo eso forma parte de la memoria del club. Pero la memoria no puede convertirse en chantaje. El pasado no puede tener derecho de veto sobre el futuro. Y mucho menos cuando ese pasado se presenta acompañado por la prensa que odia la independencia del Real Madrid, por el aparato que minimiza el caso Negreira, por quienes quieren devolver al club a una escala nacional, pequeña y manejable.

El Real Madrid es demasiado grande para esa gente. Demasiado grande para los resentidos. Demasiado grande para los bienquedas. Demasiado grande para los topos. Demasiado grande para los marqueses de la España paleta. Demasiado grande para quienes creen que «españolizar» es un proyecto cuando en realidad es una renuncia.

Lo que se juega el madridismo no es una simple elección entre Florentino y Riquelme. Se juega una idea de club. Una idea universal contra una idea provinciana. Un Madrid que compite contra el mundo o un Madrid que vuelve a pedir permiso en los despachos de siempre. Un Madrid global, moderno, incómodo y ganador, o un Real Madrid domesticado para consumo interno de tertulianos, nostálgicos y viejas glorias con cuentas pendientes.

Riquelme ha elegido su compañía.

Y en política —también en la política del fútbol— las compañías explican el proyecto mejor que cualquier programa electoral. Si en tu mesa se sientan Hierro, Raúl, Casillas y Del Bosque, no estás trayendo madridismo.

Estás trayendo pasado. Y no precisamente el mejor.

Respuesta

  1. […] un problema. Porque el Real Madrid no es un club de nicho. No puede permitirse ser juguete de una coalición de resentidos y moralistas de […]

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