Imaginad que lo hubiera hecho Irán

Two workers pull a tarp off the Bernie Beck Gate sign to reveal the name Fort Hood during the July 2025 renaming ceremony

Read this article in English: Imagine If Iran Had Done This.

Haced un pequeño experimento mental. Imaginad que en una misma semana Irán, o Cuba, o Corea del Norte, o China, hubieran atado a una mujer a una camilla, le hubieran clavado siete agujas hasta que una salió doblada en ángulo recto, le hubieran metido dos dosis de veneno, no hubieran conseguido matarla y la hubieran mandado al hospital con un respirador y esposada a la cama. E imaginad que, unos días después, el mismo gobierno hubiera anunciado, con visible satisfacción, que a un hombre lo iba a fusilar un pelotón de soldados a la una de la tarde y que todo se iba a retransmitir en directo para gozo y disfrute de la población.

Ya sabéis lo que vendría después. Rótulos de última hora. Las grandes caras del telediario poniendo su voz más grave. Influencers con la velita en la bio. Movimientos provida descubriendo, por una tarde, que la vida también es sagrada después de nacer. Sesión de urgencia en Bruselas, paquete de sanciones, resolución del Parlamento Europeo con las palabras «bárbaro» y «régimen» en el primer párrafo. Politicuchos de medio pelo en todas las capitales leyendo un comunicado compungido sobre la dictadura, la represión y los valores que nos unen.

Pues dejad de imaginar. Las dos cosas han pasado. En la misma semana. En los Estados Unidos de América.

Y la respuesta ha sido nada. Nada de nada.

Camilla de inyección letal con correas en una sala de ejecuciones
El método humanitario. La inyección letal falla en más del siete por ciento de los casos, el peor registro de todas las formas en que Estados Unidos mata a sus presos. (Foto: Ken Piorkowski, CC BY-SA 2.0, vía Wikimedia Commons)

La mujer que no se moría

La noche del 30 de septiembre, el estado de Tennessee intentó matar a Christa Gail Pike, de 50 años, condenada a muerte por un asesinato cometido en 1995, cuando tenía dieciocho. Iba a ser la primera mujer ejecutada en Tennessee en más de dos siglos y era la única mujer en el corredor de la muerte del estado. Sus abogados habían avisado, por escrito y con antelación, de que tenía las venas difíciles de encontrar y de que la inyección letal iba a ser un problema. El estado siguió adelante.

Lo que pasó después consta en acta, porque sus abogados forzaron a un juez a ordenar que se conservaran las pruebas. El equipo de ejecución probó al menos siete agujas para colocarle una vía. Una de ellas salió doblada en noventa grados. Pike, atada a la camilla, les pidió que probaran más arriba, en el hombro. Le inyectaron la primera dosis de pentobarbital. Luego la segunda, la de reserva que permite el protocolo. Los testigos de prensa contaron que seguía viva y roncando. Sus abogados presentaron una moción de urgencia que decía exactamente eso. El protocolo, explicó después el Departamento de Prisiones, no contempla procedimientos adicionales. Sencillamente no hay página en el manual para cuando falla la segunda inyección.

Así que pararon. Llegaron ambulancias al penal de Riverbend. A Pike se la llevaron al hospital, inconsciente, con respirador y esposada a la cama. El Death Penalty Information Center dice que es la primera persona en la historia de la pena de muerte en Estados Unidos que sobrevive después de que le inyecten los fármacos letales. El gobernador Bill Lee ordenó una investigación externa y suspendió las ejecuciones en el estado hasta final de año. Es la segunda vez en su mandato que tiene que hacerlo: una revisión anterior ya había descubierto que el estado no seguía su propio protocolo y manejaba mal los fármacos. En mayo, otra chapuza en el mismo estado acabó con un hombre al que dieron un año de prórroga.

Un detalle más, porque es el que se queda. Antes de todo esto, Pike había pedido que la fusilara un pelotón formado solo por mujeres. Dijo que tenía miedo de que la inyección doliera demasiado.

Tenía razón. Y una semana después, Texas ejecutó a Jamaal Howard con el mismo fármaco. El sistema no se paró a reflexionar. Ni siquiera se paró.

Retrato oficial del secretario de Defensa Pete Hegseth
Pete Hegseth, secretario de Defensa. Preguntado si el condenado había pedido algo como última voluntad: «Me da igual». (Departamento de Defensa de EE.UU., dominio público)

Muerte a la una, en directo

Ocho días después de que Tennessee no consiguiera matar a una mujer, el Pentágono anunció cómo piensa matar a un hombre. Nidal Malik Hasan, expsiquiatra del Ejército condenado por matar a trece soldados en Fort Hood en 2009, será fusilado el 3 de diciembre. Será la primera ejecución del ejército estadounidense desde 1961 y la primera por fusilamiento desde que mataron al soldado Eddie Slovik por deserción en 1945. Según la ley militar, un fusilamiento lo tiene que firmar personalmente el presidente. Donald Trump lo firmó. Preguntado el viernes si también había aprobado retransmitirlo en directo, contestó con una palabra: absolutely.

La coreografía es deliberada y están orgullosos de ella. Pete Hegseth, el secretario de Defensa, explicó que la ejecución será en Fort Hood, un jueves, a la una de la tarde, porque ahí y a esa hora fue cuando Hasan abrió fuego. Dijo que la decisión era de cajón. Preguntado si Hasan había pedido algo como última voluntad, dijo que le daba igual. Prometió que la gente podría verlo, y el Pentágono confirmó a continuación que la ejecución se retransmitiría en directo, detalles más adelante. El secretario de Defensa del Estado más poderoso del planeta fue a un programa de la extrema derecha a anunciar una ejecución pública como quien vende un combate de pago por visión.

Esto no va de Hasan. Va de lo que un Estado revela sobre sí mismo cuando matar a un preso no le basta y la muerte tiene que programarse por su carga simbólica y retransmitirse para satisfacción del público. Un país no hace eso por accidente. Lo hace porque quiere, porque su público quiere mirar, y porque nadie con poder se lo va a impedir.

La oficina de derechos humanos de Naciones Unidas emitió un comunicado. Decía que retransmitir una ejecución equivale a una ejecución pública y viola la prohibición absoluta de la tortura. Washington hizo con él lo que hace con todos los comunicados de Naciones Unidas, sobre Gaza, sobre Cuba, sobre Irak, sobre lo que sea: nada. El Pentágono ni se molestó en contestar. Esa es la medida de la institución. Sabe describir la tortura con precisión y no impide ninguna, y en diciembre seguirá emitiendo comunicados mientras se cargan los fusiles.

Kaja Kallas, Alta Representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores
Kaja Kallas, que en marzo encontró las palabras para Teherán y no las ha encontrado para Tennessee. (Foto: Aurore Martignoni / Unión Europea, CC BY 4.0, vía Wikimedia Commons)

El silencio de Bruselas

En marzo de este año, Irán ejecutó a un ciudadano sueco. En cuestión de horas, Kaja Kallas, la Alta Representante de la Unión Europea, emitió un comunicado que lo calificaba de acto brutal de violencia sin sentido, exigía a Irán que detuviera todas las ejecuciones y aboliera la pena de muerte, y declaraba que el aumento de las ejecuciones mostraba el verdadero rostro del régimen. Ese es el guion de siempre. La UE, nos repiten sin descanso, se opone a la pena capital en todo momento y en toda circunstancia. Está en los tratados, en la Carta de Derechos Fundamentales, en el Plan de Acción de Derechos Humanos, en cada comunicado que el Servicio de Acción Exterior ha emitido jamás sobre una horca en Teherán, una decapitación en Riad o un fusilamiento en Saná.

Pues una pregunta justa. ¿Dónde está el comunicado sobre Christa Pike? ¿Dónde está el comunicado sobre un fusilamiento retransmitido en directo? Lo he buscado. Si la Alta Representante ha dicho algo sobre una mujer que sobrevive a dos dosis de veneno en Tennessee, o sobre el Pentágono convirtiendo una ejecución en un programa, lo ha dicho tan bajito que no he sido capaz de encontrarlo. Bruselas, a la que nunca le faltan palabras cuando el verdugo está en Irán, parece haberlas extraviado.

No es un descuido. Es una política. La oposición de la Unión Europea a la pena de muerte es sincera exactamente hasta donde costaría algo, y sermonear a Teherán no cuesta nada. Sermonear a Washington, con tropas americanas en suelo europeo, gas americano en los gasoductos europeos y permiso americano para la política exterior europea, es otra cosa. Así que el principio que el lunes era absoluto, universal e innegociable se convierte el jueves en un lamentable asunto interno de un aliado soberano con otra tradición jurídica.

Lo mismo vale para el resto de la industria de la indignación. Los movimientos provida que llenan una plaza por un embrión no han llenado nada por una mujer con respirador. Los columnistas que se saben el nombre de cada manifestante iraní en el corredor de la muerte no sabrían escribir Riverbend. Los influencers que cambian de foto de perfil por la víctima adecuada no han encontrado aquí nada por lo que cambiarla. La víctima está en el país equivocado, la mata el gobierno equivocado, y eso la convierte no en víctima sino en nota a pie de página.

Cuando el verdugo es un enemigo, la ejecución es la prueba de lo que son. Cuando el verdugo es un amigo, la ejecución es un complejo asunto interno sobre el que no sería apropiado pronunciarse. Esa es toda la regla. Lo demás es nota de prensa.

Solos en el hemisferio

Nada de esto es una anomalía. El propio informe de Amnistía Internacional sobre 2025 registró 47 ejecuciones en Estados Unidos, casi el doble que el año anterior, cerca de la mitad en Florida. Por decimoséptimo año consecutivo, Estados Unidos fue el único país de las Américas, de Alaska a Tierra del Fuego, que mató a un preso. Cuba, a la que la misma prensa occidental lleva sesenta y cinco años llamando dictadura, no ejecuta a nadie desde 2003.

Y 2026 va camino de ser peor. Veintiocho ejecuciones a finales de septiembre. Florida en cadena de montaje. Alabama experimentando con nitrógeno. Carolina del Sur recuperando el pelotón de fusilamiento en 2025 tras quince años. Tennessee incapaz de seguir su propio protocolo dos veces en un año. Y ahora el gobierno federal añadiendo una cámara. La inyección letal, el método humanitario, falla en más del siete por ciento de los casos, el peor registro de todos los métodos. La respuesta no ha sido parar. Ha sido ir de compras a por otros métodos.

Y fijaos en lo que hace Amnistía con sus propios números. Su informe abre con Irán, sigue con Arabia Saudí y nombra a Estados Unidos el último, de pasada, al final de una lista. Sus cifras sobre Irán viajan directas a los paquetes de sanciones europeos y a los discursos del Consejo de Seguridad. Sus cifras sobre Estados Unidos no viajan a ninguna parte. La organización sabe perfectamente cuáles de sus números se van a usar y cuáles se van a archivar, y escribe el informe en consecuencia. Eso no es vigilar. Eso es suministrar munición a un bando y llamarlo neutralidad.

Este es el historial del país que expide los certificados de democracia para todos los demás.

Para qué sirve la indignación

Sería cómodo llamarlo hipocresía y dejarlo ahí. La hipocresía sugiere una distancia entre el principio y la conducta, un no estar a la altura de algo. Lo que tenemos delante no es un fallo. Es un mecanismo funcionando exactamente como fue diseñado.

La máquina occidental de la indignación no existe para oponerse a la pena de muerte, ni a la tortura, ni a la represión. Existe para producir un tipo concreto de conocimiento: el de quién es el enemigo. Una ejecución en Irán es útil porque alimenta un relato escrito mucho antes de la ejecución: el régimen, los ayatolás, la barbarie, todo el catálogo que justifica sanciones, aislamiento y, llegado el momento, bombas. Ese relato no es una descripción de Irán. Es un requisito previo para la guerra con Irán, y se alimenta haga lo que haga Irán. Una ejecución en Tennessee no alimenta nada. No vende una guerra, no justifica un bloqueo, no hace más urgente el contrato de armas de nadie. Así que se archiva como noticia local, color de provincias, una lamentable rareza del sur americano, y la máquina sigue.

Por eso la comparación con Cuba o Corea del Norte no es un truco retórico. Es la prueba. El mismo acto, cometido por el mismo tipo de aparato estatal sobre el mismo tipo de preso, produce un escándalo mundial o un encogimiento de hombros, y la única variable que cambia es la bandera. Lo cual quiere decir que el escándalo nunca fue por el acto. Fue por la bandera. Los muertos y los medio muertos son materia prima; lo que se fabrica es consentimiento.

El coste de esto no es abstracto. Cada vez que Europa calla ante una ejecución americana, le dice a sus propios ciudadanos que los derechos humanos son un arma, no una norma. Enseña a una generación que una mujer roncando en una camilla tras dos dosis de veneno es tolerable si la camilla está en Nashville e intolerable si está en Teherán. Hace que la palabra «régimen» no signifique más que «un gobierno que ahora mismo nos cae mal». Y deja a los abolicionistas de verdad, a los abogados que presentan mociones a medianoche, a los testigos que declararon sobre la aguja doblada, a las organizaciones que llevan la cuenta, sin el único aliado que podría haber marcado la diferencia: una comunidad internacional que dijera lo que piensa.

Haced la pregunta que este blog hace siempre. ¿Quién gana con el silencio? Christa Pike no. Los trece muertos de Fort Hood, a los que ninguna retransmisión va a devolver, tampoco. La credibilidad de Europa, que muere un poco más cada vez que solo habla cuando le dan permiso, menos aún. El silencio sirve a un único interés: el que necesita que el mundo crea que la barbarie siempre tiene acento, y que el acento nunca es americano.

Porque eso es lo que hay que decir, y lo que ninguno de ellos va a decir. Esto no es un país con un problema con la pena de muerte. Esto es una sociedad que ha convertido la muerte en entretenimiento y lo llama justicia: un Estado que arma y financia un genocidio en Gaza mientras sus tribunales discuten la dosis correcta de veneno, que no consigue meterle una aguja en el brazo a una mujer en siete intentos y la devuelve a una celda con la factura, que programa un fusilamiento a la una porque el simbolismo queda bien en televisión, y que está gobernado por hombres que, preguntados si un condenado ha pedido algo como última voluntad, dicen que les da igual. Estados Unidos no es el líder del mundo libre. Es el mayor productor mundial del espectáculo del castigo, y el resto de Occidente es su público.

Absolutely

El 3 de diciembre, a la una de la tarde, un grupo de soldados levantará los fusiles en Fort Hood y habrá una cámara grabando. En algún hospital de Tennessee, una mujer a la que el Estado no pudo matar espera a saber si lo va a intentar otra vez. En Ginebra, Naciones Unidas estará redactando un comunicado. En Londres, Amnistía estará actualizando una hoja de cálculo. Y en Bruselas, los que escribieron sobre el verdadero rostro del régimen iraní estarán comiendo.

Si queréis saber qué es un país, no escuchéis lo que dice de sus enemigos. Mirad lo que hace con sus presos, y luego mirad quién aparta la vista.

Preguntado si había aprobado retransmitir al mundo la muerte de un hombre, el presidente de los Estados Unidos dijo: absolutely.

Preguntada si tenía algo que decir al respecto, Europa no dijo nada.

Las dos respuestas son sinceras. Solo una de ellas quería serlo.

Fuentes

Respuesta

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