
Señores de la prensa española:
Ya basta.
Ya basta de fingir que informan cuando en realidad administran consignas. Ya basta de reclamar respeto para una profesión que ustedes mismos han envilecido hasta volverla irreconocible. Ya basta de presentarse como guardianes de la verdad cuando se han convertido, demasiadas veces, en funcionarios del relato, comerciales de la geopolítica atlantista, relaciones públicas de la OTAN, blanqueadores del sionismo y animadores de un circo histérico que confunde ruido con periodismo.
Porque eso es hoy buena parte de la prensa española: un circo. Un plató con luces, mapas, conexiones en directo, rótulos en rojo, mesas de diez tertulianos, urgencias prefabricadas, expertos instantáneos y una obscena incapacidad para detenerse cinco minutos sobre una sola verdad. Uno ve media hora de Al Rojo Vivo y entiende de golpe la ruina del oficio. Décadas de periodismo español resumidas en un formato norteamericanizado, nervioso, atropellado, incapaz de profundizar en nada, enamorado de la última hora, adicto al sobresalto, a la voz grave, al gesto de alarma y al cambalache constante de noticias nacionales, internacionales, judiciales, militares, palaciegas y sentimentales, todas reducidas al mismo puré digestivo para espectadores agotados.
Ese es uno de sus crímenes menos comentados: han destruido el tiempo de la comprensión. Han decidido que pensar es lento, que verificar es caro, que matizar aburre y que el ciudadano no merece ser tratado como un adulto, sino como un consumidor nervioso al que hay que mantener excitado entre la siguiente alarma, la siguiente conexión, el siguiente bulo empaquetado como exclusivita y el siguiente escándalo de usar y tirar.
Han importado de Estados Unidos no solo sus marcos ideológicos, sino también su estética más degradada. Han copiado el periodismo-show, el periodista-actor, el corresponsal que ya no describe lo que ve, sino que se interpreta a sí mismo viendo lo que ocurre. El directo ya no sirve para acercar la realidad, sino para teatralizarla. El reportero ya no cuenta: dramatiza. El presentador ya no pregunta: dirige emocionalmente al espectador. Y el tertuliano ya no analiza: ocupa minutos.
Por eso, cuando estalla una guerra, ustedes no informan. Coreografían. Montan la guerra como un producto audiovisual. La convierten en una liturgia de mapas, misiles, flechas, explosiones, términos técnicos, “capacidades destructivas”, “ventajas operativas”, “respuesta proporcionada”, “escalada”, “objetivos estratégicos”. Y mientras ustedes hablan con visible fascinación de bombas antibúnker, de maniobras aéreas y de rendimiento táctico, en el suelo hay niños destrozados, ancianos despedazados, familias borradas del mapa y ciudades convertidas en polvo. Pero de eso hablan menos. Mucho menos. Porque el muerto exige humanidad, y ustedes hace tiempo que sustituyeron la humanidad por la escenografía.
Ahí está Gaza como prueba indecente de lo que son. Años de matanza retransmitida, de barbarie documentada, de destrucción masiva a la vista de todos, y buena parte de la prensa española ha optado por el léxico de los cobardes: “espiral de violencia”, “tensión en la zona”, “situación dramática”, “respuesta israelí”, “derecho a defenderse”. Han perfeccionado el arte miserable de ponerle palabras amortiguadas al crimen para que el crimen parezca menos crimen. Han aprendido a blanquear sin negar, a justificar sin parecer que justifican, a vaciar de autor la masacre hasta convertirla en meteorología. Como si las bombas cayeran solas. Como si las ruinas fueran espontáneas. Como si los niños palestinos tuvieran la mala costumbre de aparecer muertos sin que nadie los mate.
Y cuando alguno de ustedes no blanquea con entusiasmo, blanquea con moderación. Que es peor. Porque la propaganda más eficaz no es la gritona. Es la propaganda con dicción correcta, tono sobrio y cara de profesional. La que dice una media verdad, omite dos datos esenciales y remata la pieza con una frase de apariencia ecuánime para que el espectador crea que ha asistido a un ejercicio de equilibrio, cuando en realidad acaba de tragarse una operación de higiene moral del crimen.
Antonio García Ferreras ha elevado esa fórmula a género nacional. Su talento no ha sido nunca informar, sino modular el marco. Convertir el plató en tribunal, la noticia en atmósfera y la ideología dominante en sentido común. La Sexta lleva años funcionando como escaparate de esa falsa viveza periodística que presume de crítica, de velocidad y de modernidad mientras repite obedientemente las premisas fundamentales del poder. Mucho grito, mucha flecha, mucha mesa y mucho “análisis”, pero cuando llega la hora de tocar los intereses serios, la valentía se evapora y aparece el catecismo. Con otros tonos, con otras caras, con más maquillaje si hace falta, pero catecismo al fin.

Ana Pastor, por ejemplo, ha representado como pocos esa degradación del periodismo hacia el gesto automático de autoridad. Esa mezcla de solemnidad, oportunidad y telegenia que durante años se vendió como periodismo de alto nivel cuando demasiadas veces no era más que un dispositivo de legitimación del marco correcto. Siempre en el lugar adecuado, siempre con la emoción calibrada, siempre con el ángulo moral oportuno, siempre dentro de los límites seguros. El problema no es que exista un periodismo con posición. El problema es que se disfrace de neutralidad mientras actúa como correa de transmisión de una visión del mundo completamente alineada con los intereses del bloque occidental.
Y ese es el fondo del asunto. La prensa española no mira el mundo. Lo recibe ya traducido. Lo recibe de agencias, de think tanks, de embajadas, de fundaciones, de informes cocinados, de argumentarios preestablecidos y de un ecosistema entero de poder blando que decide con antelación qué víctimas merecen nombre, qué países merecen caricatura, qué líderes deben ser ridiculizados, qué guerras deben narrarse como cruzadas morales y cuáles como tragedias abstractas sin culpable aparente.
Por eso con Rusia llevan años ofreciendo un producto cerrado, sin respiración, sin grietas, sin matiz. Si negocia, es porque necesita tiempo. Si no negocia, es porque solo entiende la fuerza. Si propone tregua, es propaganda. Si el otro la rechaza, es firmeza democrática. Si avanza, confirma su imperialismo. Si retrocede, revela debilidad. Da igual el hecho. El marco ya estaba escrito antes del hecho. Eso no es periodismo. Eso es literatura policial mal pagada, con el culpable decidido antes del juicio.
Con Irán han hecho algo todavía más obsceno: reducir un país de enorme complejidad histórica, social y política a una postal propagandística apta para consumo occidental. Durante años nos han servido la fantasía de que allí hay “millones” de personas esperando encantadas a que Washington o Tel Aviv les arreglen la vida a bombazos. Han utilizado a las mujeres iraníes como coartada moral, como decorado humanitario, como pretexto sentimental para vender injerencia, asedio, castigo y cambio de régimen. Les importaba menos la libertad real de esas mujeres que la utilidad narrativa de sus cuerpos cubiertos o descubiertos según conviniera al guion del día. Esa es la verdad. Las convirtieron en instrumento retórico de una pedagogía imperial para occidentales narcotizados.

Y con Estados Unidos, directamente, han caído ustedes en una fascinación colonial que insulta a la inteligencia. Para la prensa española, cualquier gesto, drama, lanzamiento, astronauta, desfile o psicodrama doméstico de la potencia norteamericana merece horas de análisis, especiales, monográficos, reverencias y lenguaje inflado. La sumisión cultural es tan grosera que ya ni siquiera la disimulan. Se les nota en el tono, en el vocabulario, en la jerarquía de las noticias, en la forma de otorgar centralidad universal a cualquier banalidad salida de Washington, Nueva York o Texas mientras despachan como exótico, sospechoso o secundario todo lo que no encaja en el espejo anglosajón del mundo.
Hay algo profundamente revelador en una prensa que considera más urgente explicar las intrigas del recuento en Maricopa, Arizona, que el funcionamiento efectivo del Parlamento español; que abre telediarios con el pulso del NASDAQ como si las viudas de este país tuvieran allí sus ahorros, pero se vuelve súbitamente tímida, técnica y desvaída cuando toca contar quién posee de verdad el parque de vivienda en España, qué empresas acumulan decenas de miles de pisos y cómo se protege con eufemismos a los grandes tenedores mientras se le administra al público una pedagogía de la resignación.


Se suponía que el periodismo era una profesión para gente culta, curiosa, escéptica, entrenada en desconfiar del poder y en cuestionar el relato oficial. Qué broma macabra ha acabado siendo eso. El periodismo español ha terminado produciendo demasiados perfiles que no cuestionan el poder, sino que lo subtitulan; que no desmontan marcos, sino que los recitan; que no investigan, sino que reparten credenciales morales desde un plató, una columna o un micrófono de radio. Se pasan media vida llamando “bulo” a lo que incomoda a su bloque y “periodismo” a lo que lo refuerza.
Y luego está el dinero. El gran tema del que les encanta hablar cuando afecta a partidos, rivales o empresarios caídos en desgracia, pero que se vuelve incómodo cuando se trata de sus propias casas. ¿Quién financia realmente a la prensa española? ¿Quién paga, quién condiciona, quién presiona, quién anuncia, quién llama, quién premia, quién invita, quién veta? Todo ciudadano tiene derecho a saberlo. Tiene derecho a conocer el accionariado real, las dependencias publicitarias, las conexiones fundacionales, los vínculos diplomáticos, las redes de influencia y las servidumbres empresariales de quienes pretenden dirigir la conversación pública. La opacidad económica de los medios es una estafa democrática. No basta con poner una firma debajo del artículo si detrás hay una arquitectura entera de intereses que nadie explica.
Y no, no se trata solo de propietarios. También se trata de los tentáculos intermedios: fundaciones, lobbies, asociaciones, bufetes, patronatos, observatorios, plataformas de “lucha contra el odio” que a menudo operan como instrumentos de intimidación política y disciplinamiento discursivo. En España hace tiempo que determinadas redes, con ACOM como emblema especialmente visible, han perfeccionado una forma de censura mucho más elegante que la censura clásica: señalar, querellar, agotar, difamar, asociar toda crítica al sionismo con antisemitismo, convertir el debate político en delito moral y mandar así un mensaje al resto del gremio. No hace falta prohibir una voz si basta con encarecerle el precio de hablar.
Ustedes, que hablan tanto de libertad de prensa, deberían empezar por preguntarse por qué en España hay temas sobre los que se puede vociferar sin riesgo y temas sobre los que de pronto todo se vuelve niebla, prudencia, tecnicismo, silencio o desvío. Deberían preguntarse por qué algunas noticias se abren durante semanas y otras se dejan morir en cuarenta y ocho horas. Deberían preguntarse por qué determinadas víctimas merecen un rostro, una infancia, una madre y una biografía, mientras otras son simple estadística, escombro o daño colateral. Deberían preguntarse por qué un atentado es atentado o deja de serlo según la geografía del muerto. Deberían preguntarse, en suma, cuándo dejaron de informar sobre el dolor para empezar a clasificarlo según conveniencia estratégica.
Y mientras todo esto sucede, aún pretenden cobrar peaje moral. Aún exigen confianza. Aún se revisten de dignidad gremial. Aún se indignan cuando se les llama propagandistas. Pero ¿qué otra palabra esperan? ¿Qué nombre merece una prensa que copia y pega el mundo desde agencias y argumentarios? ¿Qué nombre merece una profesión que ha sustituido la investigación por la tertulia, la verdad por la rapidez, la pausa por la histeria, el estilo por la plantilla, la independencia por la obediencia y la ética por la carrera?
A veces uno piensa en Azorín y la pregunta cae por su propio peso: ¿qué queda de aquel periodismo que entendía que escribir era mirar, que la precisión era una forma de honradez y que la pausa era la condición mínima para comprender algo? ¿Qué queda de la prosa limpia, de la observación minuciosa, del respeto por la frase, del gusto por el matiz, de la responsabilidad con la lengua? ¿Qué queda del código deontológico, de la verificación rigurosa, de la independencia frente al poder, de la lealtad al ciudadano? Queda el papel. Queda el PDF. Queda la asignatura en la facultad. Queda el congreso. Lo que no queda es la vergüenza de traicionarlo a diario.
Las facultades de periodismo siguen enseñando ética. Las redacciones, demasiadas veces, enseñan exactamente lo contrario. Enseñan que hay que ser rápido antes que riguroso, visible antes que honesto, alineado antes que libre, útil antes que verdadero. Enseñan a escribir con urgencia, a hablar con autoridad incluso cuando no se sabe, a llenar minutos aunque no haya nada que decir, a llamar análisis al reflejo condicionado y a tratar al espectador como rebaño ideológico de consumo rápido.

Esa es su obra. Esa es la España mediática que han construido. Un país donde casi todos los grandes medios parecen discrepar en lo accesorio para obedecer al unísono en lo esencial. Un país donde la pluralidad es demasiadas veces una ficción tipográfica. Un país donde el periodista se ha vuelto muy valiente en asuntos inofensivos y extraordinariamente dócil cuando aparecen la OTAN, Israel, Estados Unidos, los grandes intereses empresariales o las alianzas sagradas del bloque occidental.
No, el problema no es que se equivoquen. El problema es que han convertido el error interesado en sistema, la superficialidad en método, el doble rasero en rutina y la manipulación léxica en oficio. Han normalizado lo indecente. Han prostituido las palabras hasta hacer que “equilibrio” signifique cobardía, que “contexto” signifique excusa, que “defensa” signifique castigo colectivo, que “terrorismo” dependa del bando y que “periodismo” signifique cada vez más plató, más consenso prefabricado, más miedo a molestar al poder real.
Han fallado ustedes al lector, al oyente, al espectador y al país. Han degradado la conversación pública, han contribuido a la infantilización política de la sociedad y han tratado a la ciudadanía no como sujeto de soberanía, sino como masa emocional a la que hay que conducir, empujar y dosificar. Y todavía se sorprenden de que la credibilidad de la prensa esté en coma. Deberían sorprenderse de que aún les quede algo.
No pidan respeto automático. No pidan reverencia por el mero hecho de tener un micrófono, una cabecera o una mesa de tertulia. El respeto se merece. Y ustedes llevan demasiados años ganándose otra cosa: sospecha, hartazgo, desprecio y una creciente certeza social de que, cuando el asunto se pone serio, ya no están del lado de la verdad, sino del lado del marco permitido.
Si aún les queda una brizna de dignidad, apaguen el plató un momento. Bajen la música de alarma. Quítenle dramatismo a la ceja. Cállense. Lean. Verifiquen. Duden. Pregunten a quien no coincide con ustedes. Miren más allá de Washington. Miren más allá de Tel Aviv. Miren más allá del argumentario del día. Recuerden que la primera lealtad del periodismo no es con el bloque, ni con la empresa, ni con el accionista, ni con el patrocinador, sino con la verdad y con el pueblo al que dicen servir.
Y si ya no son capaces de eso, al menos tengan la decencia de dejar de llamarlo periodismo.


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